En las pasadas olimpiadas de Londres de 2012, un flemático James Bond arribó al Palacio de Buckingham, camino por sus pasillos bajo la sigilosa mirada de los guardias y personal de servicio, hasta llegar a la oficina de la Reina Isabel II, ahí, los fieles perritos Corgi estaban atentos a la llegada de tan inesperada visita. El agente de MI-5, comandante de la Real Armada Británica, con un impecable smoking, esperaba que la Jefa del Estado Británico, concluyera la redacción de una misiva, sin embargo, el tiempo apremiaba, había que cumplir una cita muy importante, carraspeo sutilmente para atraer su atención, y así lo hizo; y con una mirada firme y llena de certeza, la reina exclamó: ¡Sr Bond!.  La Reina, tomo su bolsa y se dirigió a su destino, acompañada por el icónico agente del Servicio Secreto Británico, que sabiendo de su vital misión no perdió de vista a su preciada encomienda, llegaron a los jardines del imponente palacio, abordaron un helicóptero y con las notas elaboradas por Monty Norman, al sobrevolar el estadio olímpico, la reina escoltada de Bond, James Bond, llegó a su cita, para inaugurar las XXX olimpiadas. James Bond, acababa de cumplir una misión más, proteger al mas importante icono de la esencia de Gran Bretaña: su reina.

En efecto, la reina Isabel II, hasta el momento de su muerte la semana pasada, gozaba con una popularidad del 83% de la ciudadanía británica, prácticamente no había objeción por su actuación como monarca del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Tras haberse dado a conocer su deceso y que su hijo Carlos asumiría el trono del reino, comenzaron un sin fin de comentarios, una diversidad de estos muy atinados de lo que sería el futuro de la monarquía en esta nación Atlántica, pero otros más, desacreditando a una institución muy longeva y que ha ido madurando su propia participación no solo como monarcas, si no con una condicionante que es justo considerarla, dentro del análisis geohistórico de lo que está aconteciendo en esa nación, su configuración democrática y representativa.

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Si bien, la historia de Anglia se puede referir al dominio que llevaron los romanos sobre estas islas del Atlántico Norte (el Emperador Claudio siguiendo los pasos de Julio César, la conquistó en el año 43 A.C. y su debacle se calcula entre los años 383 al 410 D.C.).  Fue en el siglo IX, cuando comenzaron a definirse los señoríos y reinos tanto en Inglaterra como en Escocia, pero es hacia 1171, que se tiene certeza del primer rey inglés llamado Enrique II, quien conquistó parte de lo que hoy es Irlanda para volverlo parte de su reino como un señorío más, bajo su control. Tras su muerte, esta parte del reino quedó bajo control de Juan I Sin Tierra y la corona inglesa en su otro hijo, Ricardo I Corazón de León, quien al morir sin descendencia  facilito que su hermano controlara todo el reino.

A partir de estos hechos históricos, la monarquía inglesa fue evolucionando con las familias: Tudor, Estuardo, Hannover y Windsor (que son herederos de la familia Sajonia-Coburgo y Gotha).  Cada una de estas familias asumió una infinidad de decisiones de Estado, impulsar su desarrollo marítimo, enfrentar al imperio español, afrontar la separación de las trece colonias, impulsar la expansión del imperio en África, el Sudeste Asiático y Oceanía, ser la locomotora de la revolución industrial, afrontar el desgaste de un imperio y salir victoriosos de dos Guerras Mundiales, entrar y salir de la Unión Europea, entre otros tantos eventos históricos.

Lo cierto es que desde el siglo IX, la corona inglesa y luego la Gran Bretaña han ido innovando en la manera del ejercicio del poder, para que a partir de este, su monarca (hombre o mujer) asuma una condición muy importante que se debe de considerar con sumo cuidado y es el referente a lo que ha significado la figura real para la razón de Estado, la unidad nacional y el interés nacional.  En una mayoría de naciones la figura de Jefe de Estado esta encarnada en un presidente (o presidenta) que asume las facultades de la representatividad de su nación ante otras naciones, países o Estados; como símbolo de una evolución democrática en donde la voluntad de la sociedad se ha expresado para que por un tiempo determinado asuma tal  mandato.

De ahí tal vez, las diversas posturas con respecto a la imagen monárquica, buscando desacreditarla a causa de sus excesos, berrinches, infidelidades, acosos sexuales o fraudes, sin embargo, la realeza en Gran Bretaña ha afrontado una diversidad de pruebas, comenzando en el siglo XIII (un comparativo de tiempo-espacio, entre 1150 y 1325, la nación Mexica comenzó su peregrinaje buscando la tierra prometida, que sería conocida como Tenochtitlán), cuando el 15 de junio de 1215, en pleno reinado de Juan I, Sin Tierra, tuvo que asumir una serie de responsabilidades, políticas, sociales y económicas a través de la llamada Carta Magna, impulsada por la nobleza y los terratenientes que habían financiado al rey en su aventura por invadir y conquistar a Francia y así recuperar posesiones inglesas en el continente europeo.

Tras un fracaso por derrotar al rey Felipe II de Francia (1165-1223), el rey Juan debió asumir el primer documento de su época en la que por medio de 63 artículos debía de garantizar lo siguiente para seguir al frente del trono, se destaca:

1.- no imponer mas impuestos a la nobleza, 2.- no ser aprendido sin orden judicial cualquier hombre libre, 3.- ejercer derechos propios de cada persona, sin que el rey o el Papa, los retire y; 5.- el rey no gobierna por gracia divina o del Papa, lo hace por la voluntad de los hombres.

Estos cinco puntos a considerar, destaca el último, cuando es por la voluntad de los hombre que exista la monarquía. A partir de esta consideración, el poder de injerencia del soberano se fue acotando paulatinamente a lo largo de su historia, pero será en el siglo XVII, cuando Carlos I Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, busco convertirse en un monarca absolutista, desechando el consejo de un incipiente Parlamento, pero que era firme en sus convicciones de que era a través de esta soberanía nacional, mediante la cual los asuntos de Estado debían asumirse.

Carlos I antes de asumir el trono, bajo el apoyo del Duque de Buckingham, buscó alcanzar una alianza con España, casándose con la Infanta María Ana, hija del Rey Felipe III, pero al no aceptar convertirse al catolicismo, el proyecto fracaso, para posteriormente casarse con Enriqueta María, hermana del rey Luis XIII de Francia.  Queriendo superar el poderío español, fracaso en sus intentos en lo que se conoce como la Guerra de los 30 años, aunado a su gusto por el arte, lo que provoco serios problemas para las finanzas del reino. Además su posición radical con respecto a las enseñanzas de Juan Calvino al interior de Anglia, provocando finalmente la rebelión de los terratenientes y nobles para que se aplicara debidamente la Carta Magna.

La rebelión triunfo de manos de un grupo encabezado por Oliver Cromwell (1599-1658), asumiendo el rango de Lord Protector de 1653 a 1658. Justamente en este periodo histórico que llevo a la muerte a Carlos I en 1649, al ser decapitado, el reino se convirtió en una mancomunidad y posteriormente en un protectorado, en una especie de cuasi-república, para que en mayo de 1660, la monarquía retornara de la mano de Carlos II, pero retomando los principios de la Carta Magna, en donde el monarca debía ser símbolo de unidad nacional y proyectara la identidad e interés del reino.

En el juego de poder Inglaterra y posteriormente Gran Bretaña, dieron un paso fundamental, si deseaban ser potencia, debían asumir la conciliación de intereses y hasta la fecha lo siguen haciendo, la apuesta en el tablero mundial es si Carlos III, tendrá la capacidad de ser un líder global para su reino, sus conciudadanos en el siglo XXI y que proyecte al lado de James Bond, la relevancia global de su reino.

Mientras tanto en Palacio Nacional,  se rinde pleitesía a Julian Asange con las llaves de la Ciudad de México, se recibe como héroe a Evo Morales y los médicos cubanos son tratados como símbolo de libertad, lo cierto es que México no atiende en la discursiva presidencial, su lugar como nación, de ser un actor global para quedarse en un rincón del vecindario llamado América.