El tema de la pandemia del coronavirus ha traído distintas expresiones en los ámbitos privado y público, individual y colectivo, de lo sentimental a lo racional.

La crisis de salud se vinculó a la inercia que venía de una crisis económica-financiera, de seguridad, de petróleo y de confianza social. Las prioridades gubernamentales chocaron con la salud y se perdió un tiempo fundamental en la atención de la pandemia. Las posiciones dentro del gobierno y, en particular en el poder ejecutivo, no son homogéneas y, en algunas cuestiones son contradictorias tales como en afirmar los mitines contra quédate en casa; salgan, dénse abrazos contra sana distancia; estamos preparados desde hace meses contra no tenemos infraestructura médica, ni personal de salud suficiente; hay recursos contra descuentos a servidores públicos y cero aguinaldo, entre otras.

Esta posición paradójica y en contra del sentido común y de las propuestas de políticas preventivas de salud, propició que el gobierno federal fuese rebasado por grupos de la sociedad, desde los empresarios a la delincuencia organizada, pasando por gobernadores, presidentes municipales, organizaciones de salud y hospitalarias, medios de comunicación y organizaciones sociales.

Llegamos a la tercera fase de la pandemia, con incierta preocupación. Con temor hacia el futuro y con una perspectiva trágica. El gobierno se asumió como ese elefante reumático, por su lentitud, tardío proceder, pesado en su movilidad y desarticulado en sí mismo. Las desafortunadas acciones y discursos desde el señalamiento que no habrá prórroga para cobrar-pagar impuestos hasta el famoso como anillo al dedo, la continua denostación y confrontación que impide cualquier convocatoria a la unidad nacional, hasta mentiras y manipulación de información y datos en las mañaneras y las tardeadas de salud.

No se augura una salida pronta, clara y precisa del problema de salud, al que se han sumado la caída en el precio del petróleo, la disminución en el envío de las remesas de paisanos en EU, la pérdida de turismo, la caída del empleo y una clara recesión sin un programa gubernamental serio que atienda estos problemas. Las calificadoras, bancos y organismos internacionales han generado pronósticos severos a la caída del PIB nacional que van de un 4 al 8%. El gobierno ha desestimado esos datos y su respuesta ha sido débil, ideológica y sin sustento.

Se incrementa la inseguridad pública, la delincuencia organizada se empodera; tenemos los días, las semanas, los meses y el trimestre más violento desde que existen registros sobre la seguridad pública, los grupos criminales hasta reparten despensas en sus áreas de control e influencia.

Los gobiernos estatales solicitan la revisión del pacto fiscal, los empresarios solicitan apoyos para que las empresas, pequeñas y medianas sobre todo, no generen despidos o cierren sus actividades. La vuelta a clases es incierta y con dificultades reales para alcanzar una normalización educativa, se desea que el año escolar no se pierda, aunque la calidad educativa disminuirá sensiblemente.

Ante una pandemia global y con sistemas de salud nacionales inadecuados e insuficientes, es factible un impacto en vidas, contagios y recursos humanos en general. La idea de mirar la pandemia como una oportunidad y un salto cualitativo para mejorar lo que estaba pendiente o no se había logrado, dependen de la intención de resolver el problema en serio, desde el gobierno hasta cada individuo, una tarea que se antoja complicada.

La resiliencia en estructuras políticas y sociales, en procesos, puede generar un incentivo que debe estimularse para mejorar los resultados de salida de la crisis, la adaptación de procesos productivos y de una reingeniería social y económica que impacte lo que ha quedado paralizado.

Las respuestas urgen, la cohesión y unidad nacional también, un gobierno respondiente en primer lugar tiene la oportunidad de dirigir los destinos de la nación. Diagnosticar todo, repensar todo en México, mirando lo global-internacional con lo nacional-local, es una necesidad impostergable. La globalización y el capitalismo no desaparecerán pero la mejora en la distribución de la riqueza en las políticas sociales y de salud, en el uso de tecnologías y de lo virtual como forma de vida, están en la ruta de la solución de las crisis que vivimos, en el mundo y en México. La postpandemia pasará, ojalá y no nos vuelva a tomar por sorpresa o con indiferencia, el costo será mayor.