La geopolítica como ciencia que ingiere en la toma de decisiones de los Estados nacionales, debe de estar en un constante proceso de evolución con la finalidad de dar sentido, rumbo y dirección a la seguridad y desarrollo, por ende, debe de mantener un proceso de adecuación de su parte conceptual, pues a partir de esto, se identifica con toda veracidad la propia evolución que tiene el sistema internacional, en el cuál está la competencia de la geopolítica.  Es por ello, que al realizar la revisión de la literatura especializada de los padres de la geopolítica a finales del siglo XIX y principio del siglo XX, los conceptos estaban basados en la realidad en la que vivían y por ende, evolucionaban acorde a estas circunstancias.

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De ahí lo valioso, qué en los estudios geopolíticos, la parte de la estructuración conceptual debe de ser permanente su discusión y análisis, adecuándola a los procesos mismos del desarrollo de una nación y es más, debe de estar a la vanguardia, para proponer precisamente, el debate epistemológico y ontológico, que le de coherencia a esa necesidad de saber interpretar la realidad en la que se este viviendo y más en nuestro siglo XXI.

Recientemente el Almirante James George Stavridis, en un mensaje de Twitter estableció con mucha certidumbre el concepto en el que se le puede categorizar a la República Popular de China y a la Federación Rusa como Tecno-autocracias, lo que permite, darle más sentido a las disputas entre estas potencias con el hegemón estadounidense, en el marco de lo que hoy mencionamos como globalización 2.0, por ello, la importancia de este proceso analítico de lo conceptual para darle certitud a los fenómenos de la seguridad internacional que son de la competencia de la geopolítica.

Tras la derrota soviética y el periodo de la hiperpotencia, hasta el comienzo de la lucha contra el fundamentalismo islámico, no se consideraba que la humanidad pudiera pasar a una nueva faceta de la Guerra Fría, sin embargo, en la recuperación rusa en su recomposición como una federación y la apertura china a través de las zonas económicas y por ende de su capacidad económica y comercial, comenzaron a dar muestras que estaba en ciernes, una nueva confrontación entre las potencias de la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, para una parte de la comunidad académica, tal situación no era viable que se considerara, que las amenazas y conflictos que han ido emergiendo desde septiembre de 2001, fueran parte de un nuevo conflicto de las características de lo que se vivió entre 1947 a 1991, e incluso, de aceptarse que existía una nueva versión de la Guerra Fría, no se establecía con certeza bajo que antagonismos se debería de analizar, estudiar y categorizar.

Lo cierto es, que años previos a la aparición de la emergencia sanitaria, EEUU comenzó a dar muestras de una especie de desgaste en casi la mayoría de los campos del Poder Nacional, sobre todo en lo referente a la innovación científica y el mantener su dinamismo comercial en cada rincón del mundo, para ir cediendo esos espacios a naciones como la Federación Rusa y más aún, a la República Popular de China, sin dejar de considerar que la serie de intervenciones en Medio Oriente y Asia Central para controlar a los grupos islámicos radicales, tuvieron impacto tanto en el ánimo como en la propia proyección de una nación que había surgido para ser la colina desde dónde se coordinara al resto de las naciones.

La injerencia de estas dos naciones en diversas partes del mundo, vino a trastocar el proceso de la globalización como se venía estableciendo desde 1991, para incorporarse e imponer sus propias reglas de cómo estas naciones consideraban debería de ser el desarrollo de la globalización, haciendo uso de las propias reglas de las economías liberales, pero manteniendo la rigidez de sus modelos políticos para el control de sus conciudadanos.  A partir de esta situación, no solo comenzó una faceta nueva de la  Guerra Fría, también, la evolución del modelo de la globalización tal como lo habían impuesto los EEUU, desde la concepción del American Way of life.

Casi a la mitad del 2021 y con una pandemia en proceso de control por parte de una parte significativa de las naciones del mundo, geopolíticamente la globalización 2.0 y la Guerra Fría 2.0 están intrínsecamente unidas a partir de los procesos de disputa por los espacios de influencia, pero no desde la perspectiva de los mercados comunes, sin más bien, desde el apartado de la innovación tecnológica, insumos y recursos estratégicos para estos fines, lo que se observa a partir de la confrontación por el control de la 5G y la Inteligencia Artificial, pero con una diferencia sustancial, sí para el modelo del American Way of Life, es importante el debido respeto a la democracia, las libertades humanas y económicas, para las naciones tecno-autócratas, lo relevante es mantener mercados cautivos, zonas de abastecimiento de los recursos estratégicos y ampliar su zona de influencia.

Precisamente, de ahí la importancia de la actualización de la conceptualización en una ciencia como lo es la geopolítica, que es dinámica y con una profunda vinculación a la seguridad y la defensa nacionales, a la seguridad internacional y a los propias tipologías con las que funcionan las Relaciones Internacionales.

Las propias características de la Guerra Fría 2.0 y la globalización 2.0, nos permiten establecer que la confrontación vigente entre los EEUU y sus adversarios, la Federación Rusa y la República Popular de China, comienza a establecer tanto zonas de influencia, como también, el proceso de lealtades al interior del sistema internacional para el debido mantenimiento del statu quo o la implantación de un nuevo orden global, sea la situación que se vaya desembocando en el transcurso de los meses y años, la geopolítica requiere de este proceso de análisis sistematizado, de la debida discusión crítica y ante todo de su máxima enseñanza, pues como ciencia que coadyuva a los tomadores de decisiones, en un mundo hiperactivo, es importante, para le caso mexicano que sea una pieza fundamental para su devenir histórico.

La palabra la tienen las instituciones de educación superior, pero también, las propias autoridades del Estado mexicano, ya que México, por sus características (aún), es un actor importante del sistema internacional que requiere asumir las mejores decisiones y no improvisar, pues los costos son complejos y diversos.