Su Majestad Andrés Manuel I

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No se equivocó, en su momento, Daniel Cosío Villegas cuando se refirió al sistema político mexicano como una monarquía sexenal. Algo así era el antiguo régimen del Priato, ya que el Presidente de la República se comportaba como un monarca absolutista: raras veces tenía un contrapeso real a nivel nacional.

La Presidencia de la República era el poder de poderes en ese México “viejo”, ya que el Congreso de la Unión le estaba supeditado y de éste dependía el nombramiento de la cúpula del Poder Judicial. ¿Separación de poderes? ¿Espíritu republicano?

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De hecho, se trataba de una vieja tradición de la política mexicana, con raíces en el mismísimo Porfiriato: formalmente, México se presentaba al mundo como una república… ¡en los hechos se comportaba como una monarquía! El Priato sustituyó al viejo militar exiliado en Francia por un partido político hegemónico (PNR-PRM-PRI), pero esencialmente el Porfiriato y el Priato eran la misma cosa.

Por supuesto que, en todo esto, ayudaba mucho el pueblo de México: salvo excepciones y ocasionalmente, los mexicanos desplegaban su ánimo de súbditos, de vasallos, renunciando a su aspiración de ciudadanos. Los mexicanos típicos intercambiaban la obediencia política por favores concretos en dinero y/o en especie: esto explica el enorme éxito del sistema corporativo, clientelar y autoritario del PRI durante muchas décadas.

De hecho, la tradición caudillista todavía está muy arraigada en toda América Latina. El imaginario popular sigue dominado por el hombre fuerte, el líder providencial, el poder unipersonal, la figura trascendente: Perón, Evita, Cárdenas, Vargas, Torrijos, Castro, Chávez, Evo, Ortega, Lula da Silva, Bachelet, Cristina Fernández, López Obrador, etc. Por eso, uno de los grandes éxitos del PRI fue haber restringido el “caudillismo presidencial” a sólo seis años y haber evitado el protagonismo de los militares.

Desafortunadamente, 30 millones de mexicanos cometieron un severo error el pasado 1º julio: resucitaron la monarquía sexenal del Priato, por ignorancia de la historia, por estupidez o por novatez. La dupla AMLO-MORENA reencarna la peor versión de la monarquía sexenal del Priato: la versión populista, la de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y la de José López Portillo (1976-1982).

30 millones de mexicanos eligieron a un nuevo monarca sexenal, que quizá quiera aspirar a otro sexenio: Andrés Manuel I, quien cuenta con cortesanos sumisos y obsequiosos, y con unas masas ciegas y obedientes.

Este nuevo monarca sexenal, y sexenal en tanto logra reformar la Constitución a través de una de sus consultas populares espurias, dice representar la Cuarta Transformación de México, cuando en realidad no es más que un echeverrista más del montón, corregido y aumentado.

Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine

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