La noticia antes del domingo electoral de 2 de junio fue que el gobierno federal, a través de distintas instituciones –una de ellas la FGR–, había iniciado la persecución contra Emilio Lozoya, por presuntos delitos patrimoniales.

La noticia era acompañada con una convincente narrativa que hacía ver al ex director de Pemex como el mismísimo demonio y que se habría beneficiado de miles de millones de pesos, producto del escándalo global Odebrecht.

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En éste y otros espacios dijimos que más allá de que el señor Lozoya pudiera ser presunto responsable de muchas pillerías, lo cierto es que la repentina orden de aprehensión en su contra –igual que la captura en España del director de Altos Hornos de México–, no eran más que groseras cortinas de humo electoral.

Y es que así como el presidente Obrador sacó a relucir la vengativa lista de periodistas para calmar la madriza mediática por la crisis del recorte en el sector salud, en tiempos electorales era urgente posicionar a Morena y a sus gobiernos como eficaces en la lucha contra los corruptos.

En Morena y en Palacio sabían que –según encuestas–, los electores de Puebla y de Baja California no estaban convencidos y muchos votantes no veían en el partido oficial un verdadero cambio.

Por eso, los estrategas de Palacio –casi siempre grandes manipuladores y mentirosos consumados–, echaron a caminar la rueda de molino que colocaba a Emilio Lozoya  y a su familia como “carnada perfecta” en el tiempo electoral.

Luego, todos vimos el fracaso de Morena en las elecciones de Puebla y Baja California –a pesar de que se llevaron la victoria–, ya que los votantes no salieron a sufragar y porque Morena se alzó con la victoria no por votos propios, sino por los de sus aliados.

En las dos elecciones no votaron más del 30% de los inscritos en el Padrón Electoral, lo que confirmó que Morena va en picada ante los grandes fracasos de su gobierno federal.

Lo que también confirma que el escándalo de la persecución repentina de Emilio Lozoya no fue más que una grosera cortina de humo electorero, al peor estilo del viejo PRI.

Al final de cuentas, la noticia posterior al 2 de junio fue que Lozoya no será llevado a prisión y que si bien la indagatoria en su contra sigue, también es cierto que se trató de otra de las persecuciones orquestadas por el gobierno del presidente Obrador.

¿Y por qué una persecución?   

Primero debemos confirmar que el sello de la casa presidencial es ese; la venganza y la persecución. En pocas palabras, resulta que cada vez son más los indicios de que el gobierno de Obrador se mueve a partir de la premisa vengativa, antes que la de hacer justicia.

Y la prueba más reciente es la lista de 36 periodistas supuestamente sobornados por el gobierno de Peña Nieto y que al revisar datos oficiales, no aparece muchos de los nombres de la citada lista, ya que en su mayoría se trata de transacciones comerciales entre empresas y el Estado.

Una vez que resultó comprobado el carácter vengativo de López Obrador en el caso de los periodistas, también parece quedar probada la venganza contra Emilio Lozoya y contra el director de Altos Hornos de México, Alonso Ancira.

Y es que sólo basta recordar que Alonso Ancira fue uno de los empresarios que, de manera pública, llamó a sus trabajadores a votar contra el candidato López Obrador.

Por eso, Obrador habría ordenado su persecución.

Y el otro caso, el de Emilio Lozoya, vale recordar que fue perseguido por el fiscal de la Fepade, Santiago Nieto, a pesar de que los presuntos delitos del ex director de Pemex no estaban en su área de influencia.

Nieto pretendió quedar bien con el entonces candidato López Obrador, lo que le costó el cargo.

Pero también por eso Nieto fue premiado por AMLO con un importante cargo en Hacienda, desde donde reinició la persecución de Lozoya.

Al final, el caso del ex director de Pemex quedó en mera cortina de humo electoral.

Obrador es un presidente vengativo.

Se los dije.