En la vida cotidiana es una práctica muy socorrida pretender mostrarse cómo lo que no se es, aprovechar lo que otros hacen para decir que se hacen cosas bien, aunque no las haga el sujeto que las presume. Colgarse medallas ajenas es grotesco, una mentira lamentable con una gran carga frívola y miserable.

Vestir en público ropas prestadas o que no le pertenecen, es exponerse a ser desnudado en la calle. Igual que pedir disculpas constantes y decir que fue un malentendido, como quitar o disminuir el apoyo a los atletas y, después del éxito y triunfos logrados en sus competencias, buscar los reflectores para salir en la fotografía, ofrecerles lo que no tienen y seguir en la ruta de mentiras acumuladas.

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Lamentable situación en la que un sujeto público recurre a estas prácticas, porque no hay trabajo que mostrar o aportar a su entorno. Porque se busca tapar el sol con un dedo o el pozo después del ahogado, porque no se tiene capacidad preventiva, ni mucho menos de planeación.

En la política es una cuestión vital mostrar el activismo, hacer como que se hace, sin importar que en el fondo y en la superficie, no se haga nada.

Cuando no hay actividad, imaginación y compromiso, se roban triunfos de otros, se engañan a sí mismos con la intención de engañar a los demás.

La mentira y la falsedad son ropajes que no duran mucho y fácilmente se degradan.

No solo ocurre con los premios de los atletas, esfuerzo unipersonal y familiar, sino con lo que otros sujetos, gobiernos o instituciones han hecho a lo largo del tiempo. Así se pretende desplazar o borrar lo bueno que se ha hecho, pasar por un éxito propio lo que alguien ha trabajado de mucho tiempo atrás, con disciplina, dedicación, esfuerzo y compromiso y aún así, robarlo quien recién ha llegado, y no ha hecho nada para ello.

Nada más frívolo y lamentable que hacer suyo lo que es de otros. Esta actitud irresponsable pretende sustituir las carencias o limitaciones propias por los éxitos y esfuerzos de los demás.

Esta acción es un reconocimiento a la incompetencia, ignorancia e inexperiencia. Es la urgencia por tener algo que presumir cuando la situación muestra los estragos del no saber qué hacer ni cómo hacerlo.

Ante la usurpación o el abuso, surge la desconfianza, la falta de respeto y la carencia de escrúpulos, lo que conlleva a una pérdida ética y moral, que muestra a un sujeto capaz de hacer cualquier cosa con tal de alcanzar sus objetivos. La desconfianza avasalladora.

En una estructura piramidal, autocrática, gubernamental o social, caudillista y caciquil, se asume que todo lo que ocurre es resultado de quien ocupa la parte superior o dirigente; todo es todo, todo lo bueno y todo lo malo, así que esperemos que este saludar con sombrero ajeno, lleve a quien lo hace a revalorar lo que no se hace y buscar hacerlo y hacerlo bien. Es un acto de supervivencia y no de egolatría o concentración de poder, de verdadera humildad republicana y de compromiso social.

Dicen en el pueblo: unos ganan el oro -con esfuerzo- y otros enseñan el cobre -sin rubor-, qué cosas vemos.