La geopolítica como ciencia permite realizar una serie de análisis mediante los cuales, se identifiquen una serie de factibles escenarios, que faciliten a los tomadores de decisiones, asumir las mejores acciones para que el gobierno determine por donde habrá de llevarse los derroteros del Estado.

En ese sentido, hacía 1991, Immanuel Wallerstein, destacado geopolítico de la escuela crítica, elaboró uno de los más interesantes textos intitulado, Geopolítica y geocultura, en donde expuso dos ideas centrales; la primera referente a una era post norteamericana y en una segunda parte, el debate mediante el cuál, la geopolítica debía de dar un paso hacía el análisis de las identidades nacionales, la importancia de la cultura como elemento de cohesión de una sociedad y ante todo, que la cultura fuera el influjo que facilitara dejar de lado, las confrontaciones ideológicas propias de la Guerra Fría.

-Publicidad-

En efecto, para ese año, la debacle soviética era toda una realidad que en su momento, ya venían estableciendo en varias investigaciones, especialistas como Francis Fukuyama, Samuel Hungtinton o bien el propio Henry Kissinger, que a causa de la desaparición de la Unión Soviética, se debía de pasar de la confrontación a la consolidación de la democracia y las libertades humanas, pero en el caso de Wallerstein, su análisis lo llevó a otro tipo de consideración, que desde una perspectiva del realismo político y de la geopolítica clásica no era procedente, ya que argumentó que: “…El fin de la OTAN está próximo. Eso no significa que se avecine el fin del mundo. Más bien se tratará de un nuevo paso en una gigantesca reestructuración de las alianzas mundiales que bien puede tardar treinta años en cristalizar por completo y cuyas repercusiones de cara al siglo XXI son, desde luego, difíciles de discernir con cierto grado de detalles…. La hegemonía global estadounidense –un fenómeno breve como lo han sido hegemonías previas de ese tipo- se mantienen gracias a los rendimientos de las empresas productivas, comerciales y financieras estadounidenses…

Hace poco más de 30 años que fue escrita esta oración en la cuál Wallerstein y en efecto, en todo este tiempo, el mundo ha ido cambiando, la correlación de fuerzas ha tenido impresionantes cambios y lo que era una amenaza al termino de la Segunda Guerra Mundial paso de lado, para que nuevos conflictos aparecieran en el marco del análisis geopolítico, pasamos de inmediato a la lucha contra el crimen organizado en América Latina, mientras que en Europa a su consolidación regional, con un proyecto supra regional de gran envergadura, cuyo éxito es palpable en nuestros días.

En Asia, los llamados Tigres Asiáticos liderados por Japón, hicieron uso de su capacidad comercial y tecnológica para establecer su propio modelo de desarrollo y que decir, de la emergencia de los neo-nacionalismos en Medio Oriente y la región del Golfo Pérsico, que facilitaron la consolidación de una serie de movimientos integristas para establecer sus propias condiciones de dominio, en una región altamente demandada por sus recursos estratégicos fundamentales para el desarrollo de la Aldea global.

Los escenarios fueron diversos y la presencia de los EEUU se hizo evidente en cada parte del mundo ahí en dónde fuera necesario, como aconteció en la guerra de Kosovo tras la desaparición de la República de Yugoslavia (febrero de 1998 y el 11 de junio de 1999), sin dejar de mencionar la presencia de la potencia en Siria, casi al principio de la guerra civil que comenzó en el año de 2011.

Sin embargo, pareciera que Wallerstein tenía razón con respecto a la propia existencia de la OTAN, pues durante la administración del ex presidente Donald Trump, su abierta confrontación a los lideres europeos como Ángela Merkel, aunado a una visión utilitarista de la alianza militar, la llevaron al borde de su fractura, sin dejar de considerar, que su política exterior de una abierta cercanía a los gobiernos totalitarios como el de Moscú, obligaban al análisis de la viabilidad o no de una infraestructura del tamaño de la OTAN, para el debido mantenimiento de la seguridad internacional.

De ahí la importancia geopolítica a partir de sus influjos mediante los cuáles se puede establecer otras acciones que modifiquen por completo al escenario internacional o regional, y es qué, tal como lo afirma Wallerstein, la sociedad global, sí paso a la necesidad, de la plena identificación de la identidad nacional, como uno de los baluartes para sostener a los Estados, como también, el valor de la cultura y costumbres para establecer mejores mecanismos de cooperación y de integración, que para el caso europeo fueron una de las vías más interesantes para su consolidación como ente unitario.

Pero al mismo tiempo, si bien la confrontación ideológica termino, se dio paso a una confrontación de religiones, de nacionalismos, de populismos y que ahora son parte de los diversos conflictos alrededor del mundo, la propia guerra de Putin, es un ejemplo de ello, si bien se ha querido marcar que la invasión es a causa de una confrontación por el control de los recursos energéticos o de los cereales, también, en la perspectiva de Wallerstein, se le puede considerar una lucha geocultural en la definición del orden global, entre los valores de occidente y oriente, dejando a la propia Federación Rusa fuera de lo que por siglos anhelaron sus jerarcas: ser una nación occidental, las acciones de Putin, la ubican al otro extremo.

A su vez, aquello que consideró como lo más viable que era la desaparición de la OTAN, las propias contradicciones del sistema internacional (considerando al marxismo, método de análisis que emplea el propio Wallerstein), provocaron que la Alianza Atlántica, de 30 miembros pasará en breve a ser de 32, con una mayor cobertura, mejores condiciones de reacción inmediata, como también, de fuerzas especiales capaces de afrontar a su principal enemigo: la Federación Rusa.

El pensamiento de Wallerstein, identificó con bastante claridad el devenir geopolítico de la sociedad global, tras el colapso soviético, pero los propios influjos, modificaron levemente el escenarios con profundas repercusiones, cuyos resultados aún son insospechados. El tablero mundial, nos ha enseñado una nueva estrategia, una nueva forma de analizarlo y sus jugadores replantean sus jugadas para definir el orden global.

Mientras tanto en Palacio Nacional, las obras faraónicas, la confrontación diaria y dar asilo a criminales cibernéticos, además de desmantelar la estatua de la libertad, son parte de la agenda nacional, distractores o no, son la agenda del Estado, son parte de un proyecto nacional que no da resultado a quien más lo necesita.