Cuando el gobierno de Felipe Calderón le declaró la guerra al crimen organizado, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomó una postura particular. Cuidaba que no se violaran los derechos de los detenidos, pero entendía el origen del problema.

Es decir, que lo abatidos y detenidos eran criminales que mataban, descuartizaban, secuestran, extorsionaban, violaban, masacraban y hasta vendían droga a niños, mujeres y hombres. Los mismo que tenían hundido al país.

Es por eso que Calderón decidió dar una especie de partida secreta, a la que llamaron «multa» a la CNDH, esto con el fin de que los dejara realizar esos operativos donde cayeron varios cabecillas del narco mexicano.

Cuando Enrique Peña Nieto llegó al poder, siguió el combate al crimen, pero la CNDH dejó de recibir dinero. En ese momento empezaron una campaña de desprestigio y un endurecimiento de las reglas para verificar los derechos humanos.

Después de la muerte de los 43 de Ayotzinapa, la Comisión fijó una postura tan sólida que mantenía contacto con organismos internacionales que daban cuenta de los defectos que tenían la policía y el Ejército al realizar operativos, detenciones o asesinados, a los que se le adjudicada uso indebido de la fuerza.

Hoy los militares no se pueden defender incluso de un civil desarmado que los golpea. Cualquier motivo es bueno para criminalizar el actuar de las fuerzas armadas. Los militares prefieren morir a tirar del gatillo y pasar una vida en la cárcel. Los elementos que deberían cuidarnos, están atados de pies y manos. Por eso no es raro que ante una petición de auxilio prefieran hacerse los sordos, ciegos y mudos. Está su vida de por medio.

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La única garantía de servir a la patria es portar el uniforme y esperar que alguien cambie las reglas. En unos días se realizarán cambios en la CNDH, se va Raúl González y llegará alguien afín al Presidente Andrés Manuel López Obrador. Difícilmente veremos una crítica a sus acciones, es el momento perfecto para regresarle a las fuerzas armas el lugar que merecen, pero no sabemos si pasará. Por eso es importante hacernos la pregunta: ¿Por qué tratan a los militares como delincuentes?