Pedirle a Claudia Sheinbaun que renuncie por dignidad es pedir mucho.

Y no, no es porque la vida de uno, dos o más ciudadanos no sean suficiente para que un gobernante deje el cargo.

No, la razón el simple; porque Claudia Sheinbaum no sabe el significado de la palabra “dignidad”, porque no conoce la dignidad.

Y si tienen dudas, basta revisar cinco momentos de la vida política de la actual jefa de gobierno de la Ciudad de México.

Primero, cuando escondió la cabeza y el dinero que su esposo –Carlos Imaz–, se llevaba alegremente en los tiempos en que el gobierno de AMLO saqueaba a empresarios, lo cual todos vimos en los llamados “video escándalos”.

Segundo, cuando la propia señor Claudia Sheinbaun ocultó de manera criminal el costo de los “Segundos Pisos de Periférico”. Lo recuerdan, miles de millones de pesos que bailaron sin control  

Tercero, sólo basta con echar un vistazo a la actuación de la señora Sheinbaum en el caso de la tragedia del colegio Rebsamen, en donde no le importó la vida de muchos niños, para cumplir a su ambición sin límite de llegar al gobierno de la capital. La vida de las personas “le vale madre”, con tal de tener poder.

Cuarto; si aún siguen dudando, basta revisar el crecimiento de los giros negros en la antaño delegación de Tlalpan, cuando era jefa delegacional. El dinero que obtuvo del pacto con las mafias criminales y del ambulante le permitió hacer la campaña que le llevó al gobierno de la capital.

Y, quinto, todos vimos, apenas en días pasados, la complicidad de la señora Sheinbaum con el presidente López Obrador. Lo cierto es que Claudia y Andrés –el presidente y la gobernadora del DF–, son dos gotas de agua; políticos que tragan sapos y serpientes, sin ningún pudor, con tal de alcanzar el poder.

Por tanto, pedirle dignidad a una gobernante sin dignidad, es inútil.

Tampoco servirá de nada –al beneficio ciudadano–, pedirle a la señora Sheinbaum que deje el cargo por su probada incapacidad. ¿Por qué?

Porque está claro que la señora jefa de gobierno ha sido picada por ese mal endémico que el doctor René Drucker solía calificar como el “mal de los doctores”.

¿Y cual es ese mal?

Decía el reputado científico universitario –en una de las más mordaces críticas a sus colegas de ciencia–, que “lo doctor no quita lo pendejo”.

Y luego de soltar la risotada, montado en la seriedad del científico, René Drucker explicaba que un doctorado “es la especialización máxima de todo aquello que le vale madre a la sociedad”.

Y la señora Sheimbaun pudo haber alcanzado un doctorado en muchas disciplinas científicas pero, como gobernante, está reprobada.

Y aquí es donde viene lo bueno.

La gobernabilidad se define, según algunos de los más reputados estudiosos del arte de gobernar, como la suma de la eficacia de un gobierno para satisfacer a sus gobernados y la confianza de los gobernador en los resultados de sus gobernantes.

Por tanto, un gobierno ineficaz, como el de Claudia Sheimbaun, que a causa de su ineficacia pierde rápidamente el consenso ciudadano, está condenado a la desaparición.

¿Y qué creen?

Que a la señor Sheimbaun la puede apoyar muchas veces y por mucho tiempo “el papa gobierno”, pero no la apoyará por siempre.

¿Por qué?

Porque una vez que el gobierno de la Ciudad de México se convierta en una carga o en un activo negativo para el presidente Obrador, la señora jefa de gobierno tendrá que dejar el cargo.

Por tanto, la señora Claudia no es más que otro florero, que será relevado cuando sea inservible.

Se los dije.