AL TIEMPO

A partir del 1 de enero de 2020 empezó el re-etiquetado de precios en la mayoría de centros comerciales y, sobre todo, en tiendas minoristas.
Hoy, cualquiera que acuda a surtir su despensa básica, encontrará que se elevaron los precios –en promedio entre 5 y 15 por ciento–, de productos básicos como tortilla, pan, carne, huevo y leche.
Pero también experimentaron un nuevo precio a la alza productos como la cerveza, cigarros y licores, como tequila y ron.

Tampoco ahí termina la cascada alcista. Todas las botanas, las galletas y el pan de caja; además de pastelitos y productos de limpieza experimentan alzas progresivas.
El caso de los llamados “refrescos” se cuece aparte. Resulta que por instrucción presidencial, a las aguas endulzadas se les aplicó un incremento del IEPS –Impuesto Especial sobre Producción y Servicios–, lo que desató el precio generalizado a la alza.

Además, los consumidores de transporte privado mediante plataformas digitales –como Uber y Cabify, entre otros–, empiezan a subir el costo de sus servicios ya que pagarán impuestos a mediados del 2020.

Todo ello sin contar con el alza en el costo de la energía eléctrica para uso doméstico e industrial y en algunos casos un mayor costo del suministro de agua potable y del transporte, sea urbano, carretero y hasta aéreo.

En pocas palabras, que apenas al arranque del segundo año del gobierno de López Obrador empezó la espiral incontenible de precios que, de inmediato, anuló el alza en el salario mínimo decretado hace pocos días.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué la cascada alcista generalizada?

Lo cierto es que el fenómeno es multifactorial pero, en el fondo, todo se desprende de la ignorancia presidencial sobre los básicos económicos y la torpezas para el manejo de la administración pública.

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En el caso de las grandes marcas de alimentos el alza se produjo, sobre todo, por tres fenómenos económicos desatados en cadena; el alza salarial, por un lado, la elevación del IEPS, por otro y, al final. la elevación del precio de la energía eléctrica, motor de la industria.

En el primer caso, sin duda que resulta saludable, en términos generales, el incremento al mínimo salarial.

Sin embargo, en una economía en donde la masa laboral asalariada es mucho menor frente al trabajo informal, el alza del salario mínimo beneficia a un grupo minoritario de empleados formales, en tanto que el alza de precios — que genera el mayor costo del trabajo–, afecta a todos por igual; a empleados formales pero, sobre todo, a los informales.

Se rompe, de esa manera, el espíritu originario del alza y el equilibrio económico entre salario y precios y, por tanto, se convierte en una burla el cacareado “primero los pobres”.

La elevación del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, IEPS fue otra orden presidencial y se trató de justificar con la estupidez de que el nuevo gravamen sería asimilado por las empresas. Torpeza monumental.

Además, también por una torpeza presidencial, fue llevado al frente de
la CFE un incompetente, como Manuel Bartlett, quien prometió sanear la
mayor empresa productora de energía eléctrica –que era de clase mundial–,
pero cuyos errores y fallas se ven reflejados en el alza sin freno de la energía
eléctrica, sobre todo la industrial.
Si a lo anterior se le agrega la incertidumbre empresarial y la
desconfianza en la inversión –provocadas por un gobierno que gusta de los
palos de ciego en materia económica y fiscal–, entonces el resultado es el alza
generalizada de precios, que no es otra cosa que el principal síntoma de una
economía enferma.

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Y, al final de cuentas, el gobierno que prometió que México sería un paraíso, terminó provocando los primeros signos de un infierno como los que ya vivimos en los gobiernos de Echeverría y López Portillo; gobiernos que no llevaron a las mayores crisis económicas.

Y todo por las torpezas y las ocurrencias de López Obrador.

Se los dije.