Para nadie es nuevo que el entonces opositor, Andrés Manuel López Obrador, se graduó como “el mayor fajador” de la política mexicana.

A lo largo de toda su carrera política AMLO fue una suerte de “fajador callejero” y hasta un “vengador anónimo” capaz de establecer pleito con dos o hasta tres personajes a un tiempo.

Ya como presidente –y doctorado en el pleito de callejón–, López Obrador ha convertido a los ex presidentes en sus principales sparrings del poder, a los que vapulea sin miramientos un día si y otro también, la mayoría de las ocasiones sin pruebas y sin más animo que el de la venganza.

Y la mejor prueba de los afanes vengativos de AMLO fue el de la pensión presidencial. Les quitó la pensión a todos; les quitó los vehículos oficiales y hasta “los guaruras”. Y todo por venganza, ya que el ahorro es pírrico frente a los derroches de AMLO y Morena.

Más aún, en otro de los ejemplos del repudio del nuevo presidente a la Constitución, Obrador se aventó la inconstitucional puntada de prometer que podría proponer una encuesta para que “la gente” decida si quiere o no que los expresidentes sean llevados a juicio “por el delito” de promover el modelo económico neoliberal.

Tal torpeza no se había visto ni en los peores gobiernos mexicanos.

Sin embargo, y a pesar del tamaño de la estupidez, el presidente Obrador parece dispuesto a seguir adelante en su guerra contra los ex presidentes.

Así, por ejemplo, al ex presidente Carlos Salinas le inventó el mote de “padre del neoliberalismo”, en tanto que a Vicente Fox lo acusa de casi todo, hasta del clima, los fenómenos meteorológicos y los terremotos.

El villano favorito de Obrador se llama Felipe Calderón, el segundo presidente panista que –curiosamente–, cometió la hombrada de dejar fuera de Los Pinos a AMLO, con apenas medio punto porcentual de los votos de julio de 2006.

Pero Obrador no respeta nada ni a nadie. Luego que recibió un trato impensable del ex presidente Peña Nieto –quien hizo todo por congraciarse con el nuevo presidente–, Obrador apaleó a Peña en su toma de posesión y amenaza todos los días con llevarlo a prisión.

Pero en el caso de Vicente Fox y de Felipe Calderón, el presidente Obrador parece haber encontrado a la horma de su zapato. ¿Qué significa eso?

Elemental, que luego de acusar sin pruebas y de convertirse en un verdadero lenguaraz, tanto Vicente Fox como Felipe Calderón retaron de manera pública –a través de redes–, al hablantín López Obrador a “debatir sobre el supuesto tráfico de influencias y el origen del dinero del que viven los ex presidentes y el actual presiente.

Claro, a la respuesta de Fox y de Calderón, de que acepten un debate para saber quien miente, el presidente Obrador recurre a su habitual cobardía.

Sin embargo, López Obrador deberá tragar sapos y serpientes ya que los ex presidentes preparan una demanda en su contra por el presunto delito de difamación y calumnias; demanda que podría meter en un serio problema al mandatario en funciones.

Lo cierto, sin embargo, es que López Obrador ya se convirtió en el mayor problema de la democracia mexicana a causa de su incontinencia verbal y de su proclividad a hablar sin pruebas, a mentir de manera flagrante, a difamar y calumniar.

Y en el caso de Felipe Calderón, las calumnias de AMLO pudieran ser la mejor noticia para el michoacano.

¿Por qué?

Porque López Obrador le está haciendo la campaña a los Calderón; Margarita y Felipe, quienes trabajan en la construcción de su partido y de su definición como la única alternativa confiable y como los más severos críticos de AMLO y de su gobierno populista.

Sí, con las difamaciones a Calderón, Obrador se da un balazo político en la cabeza; disparo que puede resultar fatal para sus ambiciones de reelegirse en 2024.

Se los dije.

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