Los premios Oscar han dado un paso en una dirección interesante. Mucha gente pensaba que la ambicionada presea a mejor película se la llevaría la insulsa 1917, otros, le apostaban decididamente al cebo conocido como Joker. Bong Joon-ho intentaba pasar una velada tranquila pero ya lo habían hecho pararse varias veces para enjaretarle los premios de mejor director, mejor guión original y mejor película internacional (después, con tanto premio entre manos, haría lo que cualquier persona en su posición: hacer que 2 premios Oscar se besen).

La velada avanzó, y fue que Parasite, una película hablada en coreano se alzaría con el premio a mejor película. ¿Y saben qué significa eso? Tierra fertil para que los snobs se alcen y acusen al resto del mundo de enterarse apenas de la existencia del cine fuera del continente americano (si ve alguno de esos, dele un golpe en la boca del estómago, así no le dejará marca).

–Ligera alerta de Spoilers: si no ha visto la película que se merece todos los premios (incluído el Ariel), siéntase mal consigo mismo y corra a revisar en qué cine todavía alcanza alguna proyección–

Algo que ha llamado mi atención, es la traducción del título. Estrictamente, Parasite se traduciría como Parásito, a los hispanoablantes nos ha tocado el título Parásitos. Muchos de los posters promocionales despliegan a los protagonistas, además de agregar los pies descubiertos de un alguien, ¿acaso del parásito mencionado en el título? ¿No entonces el título original predispone a pensar que ya hay alguien oculto a nuestra mirada? ¿Un parásito mayor, auténtico? El título en español bien puede ser más engañoso, ya predispone a pensar que como lapas, la familia de menores recursos se abalanzaría sobre aquella con riquezas, lista para adentrarse en una vida que solo existía de manera distante.

Es innegable la sorpresa del momento en el que se descubre la existencia de alguien que vive a costillas de otras personas, pero no ya oculto a simple vista, sino oculto a la idea propia de la existencia misma. Lo que para algunos es indignidad, para otros es la única opción para detener un descenso hacia un futuro terrible e incierto. La vida parasitaria puede constituír un cuento de horror si revisamos algunos casos célebres en la naturaleza; un ejemplo notable, es el de los peces Lophiiformes: viven en el océano, a una profundidad en la que ni la luz del sol alcanza. Solo se habían logrado capturar hembras, ¿y los machos? Bueno, durante el apareamiento, el macho (que es minusculo) perfora el vientre de la hembra, ocurre todo lo que normalmente sucede en un apareamiento, ¿y luego? El macho se fusiona con el cuerpo de la hembra, pierde toda individualidad, y ahí se queda adherido por el resto de sus vidas.

¿Horroroso? Tal vez, ¿lejano a nosotros? No tanto en realidad. Si algo logró Bong Joon-ho, es plasmar el modo en el que las personas son confinadas a una miseria tan cruel, que muchos de los afectados estarán dispuestos a tomar medidas muy fuertes para salir de ahí, incluso abandonarse a sí mismos, o como lo hemos visto en México, acabar con las vidas de quienes los rodean.

Mucho se ha dicho que Parásitos expone una problemática que bien puede ser observada en México, no es tan errada la observación. Para ser más precisos, vivimos en un esquema de vida capitalista que no solo ha estandarizado la cultura, sino también la miseria. Escalar a través de engaños, arrebatar un empleo ganado con constancia y entrega, violentar al otro, sentir asco de cómo huele, vivir despreocupadamente sin pensar que hay gente que no tiene ni para comer el día de hoy…

Es una película que logra exitosamente exponer los numerosos matices de las personas y de los comportamientos que los caracterizan de acuerdo a la cantidad de recursos con los que viven, y no solo eso, es también una obra acerca del modo en el que los espacios norman nuestra convivencia, nuestro sufrimiento, el cómo nos comunicamos. Tener espacio es una de las formas más sencillas de mostrar el poderío que se tiene, sea el tipi que se distingue a través de un ventanal colosal, o fumar un cigarro sentado sobre una taza de baño que dispara aguas negras. El mundo corre, y lo que puede ser un poco de tráfico para algunos, para otras es el perder los pocos bienes materiales por los cuales se ha trabajado por años.

El final tan demoledor de la película se asemeja a lo que intentó La La Land: jugar con nuestros sentimientos al mostrar un escenario que no es. Parásitos lo hace de un modo que, en segundos, nos destroza y nos arroja al escenario tan frío y cruel que es el mundo real. Bong Joon-ho pronto aclararía que, para adquirir una casa tan bella como la mostrada en la película, a una persona con un salario promedio en Corea, le tomaría 547 años de trabajo. Por eso es tan cruel y doloroso ese final, porque también resuena en el espectador, la sensación de que no importa cuánto soñemos con las riquezas que en nuestras pantallas se pandean, muchos jamás llegaremos a poseer el dinero que un Bill Gates o un tal Carlos Slim, generan en un día. Quizá el verdadero parásito sea la esperanza, que vive siempre y cuando pueda drenar nuestro ímpetu por luchar por una vida digna, hasta el momento en el que nos derrumbemos, inevitablemente, escaleras abajo.