Un día como cualquiera, me levanté dispuesta a seguir dando lo mejor de mi para mi pequeña hija y por supuesto, para la demás gente. Recuerdo perfectamente que era un lunes 7 de mayo del 2018, ese día tenía una reunión muy importante en la Condesa, y desde temprano me organicé para dejar a mi pequeña en el colegio. La mayoría de las veces, acostumbraba a usar vestido o falda, pero ese día opté por traje sastre, que por cierto el pantalón era difícil de abrochar, y más con cuatro botones.

Salí de casa a las 7:30 am, para dejar a mi pequeña en la escuela, esperé a que abrieran a las 8:00 am. Me despedí como siempre lo hago, besándola, diciéndole que la amo profundamente y que por favor se ponga chingona. Ella siempre corresponde con un “te amo mamá, eres mi heroína”.

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Esperé a que entrara a la escuela y en la esquina, decidí pedir un UBER, pero lamentablemente falló el sistema y por inercia le hice parada a un taxi de donde bajó una señora con su pequeña, se le hacía tarde para la escuela. 

Se me hizo fácil, lo abordé y saludé amablemente al conductor como suelo hacerlo siempre. “Buen día señor, por favor me lleva a la Condesa” y le di la dirección, él contestó serio y dijo; “buen día”. Yo iba sentada detrás del copiloto, con mi bolso sobre las piernas y mi celular en la mano, enviaba correos y WhatsApp también. Empecé a ver que había mucho tránsito, y pensé que era normal, como el de todos los lunes y para no hacer tedioso el trayecto, intente hacer plática al conductor, pero no se prestaba. Así que decidí no insistir más y volví a enfocarme en mi celular.

Yo concentrada en mis asuntos, escuché un ruido peculiar, ese que se escuchan en las películas cuando alguien corta cartucho, y con una voz ronca me dijo, “este es un asalto, dame tus cosas y si te portas bien no te hago nada”. Eso fue en segundos, lo juro, yo aún sostenía mi celular y cuando terminó de hablar, levante la mirada con asombro y le contesté; ¿es neta? Obviamente le di el bolso con mi dinero, identificaciones y también se fue mi gas pimienta y mi maquina de toques.

En cuanto me quitó el bolso, lo vació en el asiento del copiloto y se pone feliz, pues encontró 15 mil peso que iba a depositar sobre un pago. Él ya inquieto, me pide el NIP de mis tarjetas, y le dije que ya no tenía dinero, que de hecho había vaciado las tarjetas para hacer ese pago. Me pidió que agachara la cabeza y que no lo viera a la cara para nada, pues si no me iba a meter un putazo.

Yo invadida de miedo, coraje, y terror, pues él era muy violento y me decía cosas horribles, que lo único que se me vino a la mente, fue mi pequeña. Pensaba cómo iba a recibir la noticia si el maldito cobarde me violaba y mataba. Pensaba constantemente cómo podía enfrentarlo y escapar, pues dio tantas vueltas. Yo en posición fetal, que no veía dónde estábamos. Esa mañana le pedí tanto a Dios por mi vida y por la de los míos, que lo único que me ayudaba a no gritar era pensar en que quería ver a mi hija de nuevo.

De repente siento que el auto se detiene y me dice; te voy a dejar ir, pero deja de llorar. Con su mano derecha levanta mi cabeza agarrando mi cabello con una fuerza desmedida lastimándome, fue ahí cuando lo pude ver a los ojos y vi toda esa maldad en él. Me senté y me recargué en la puerta, entonces me doy cuenta que hace su respaldo hacia atrás y se pasa a mi lugar encima de mi. En ese momento pensé que si iba a pasar lo que había yo pensado, que me iba a violar, después matarme y tirarme por allá lejos, y que quizá tardarían en encontrar mi cuerpo, y eso me hacía sufrir, gritar y patalear. Pero el maldito tenía con una mano su arma desgastada en mi cabeza y con la otra mano intentaba desabrochar ese pantalón que me costó mucho trabajo abrochar.

Se llevó un buen tiempo en intentar meter su mano, eso lo hacía perder la cabeza y me decía que yo lo desabrochara. El tipo no dejaba de decirme que yo era una hija de mi puta madre, que me iba a violar y matar, que mejor cooperara e hiciera lo que él me pedía, yo luchaba contra todo su peso encima de mi, contra todo lo que me gritaba, contra su arma en mi cabeza, con su odio y frustración. Por supuesto que logró desabrochar mi pantalón y forcejeaba al mismo tiempo que metía su mano entre mis piernas intentando tocar mi vagina. Saben, ese momento fue tan aterrador, que en un momento pensé que era mejor que me matara antes de violarme, pues de cualquier forma al no permitir que abusara de mi, me iba a golpear,  someter e iba a terminar siendo violada.

En ese instante donde ya me veía perdida con mi pequeña en mi mente y todos los que amo, me vino un dolor medio fuerte en mi brazo izquierdo, empecé a sudar muy frío, me sentí mal. El maldito bastardo lo vio en mis ojos y vi que su reacción no era la que yo esperaba, pues se sacó de onda y fue ahí cuando aproveche el momento y exageré al decir que me estaba dando un infarto.

Textual le dije; “me está dando otro infarto, me siento muy mal y me voy a morir aquí. “Quizá esto tú no lo esperabas, pues es muy temprano para que me puedas matar y dejar mi cuerpo, así que piensa mejor las cosas, ya llevas mi bolso, llevas un celular y mucho dinero, ya la hiciste por hoy, tu esposa se va a poner feliz con lo que le llevas”

Les juro que lo decía como si de verdad me estuviera muriendo de un infarto, les juro que él me veía con cara de susto y angustiado, y de pronto me dejó de apuntar con su arma y se quitó de encima de mi, se pasó al lugar del conductor, prendió el coche y me dijo; agáchate como estabas y cállate, te voy a perdonar la vida. Por supuesto que seguí sus indicaciones, aunque no confiaba en sus palabras.

Avanzó unas cuantas cuadras que a mí se me hicieron eternas y giró hacía mano derecha. Apago el coche y me dijo, “te voy a dejar ir, pero yo te voy a ayudar a bajar, nada mas haces un gesto o gritas y te meto un plomazo”. Se bajó del taxi, me abrió la puerta y me dijo que caminara en sentido contrario, que me iba a estar viendo. Hice lo que me pidió y cuando llegué a la esquina, el maldito bastardo se fue.

Lo primero que vi es que estaba dentro de mi colonia, que eran casi las 9:00 am y que no había pasado mucho tiempo, pero para mi esos minutos eran de terror y agonía. Vi a un chico Vendiendo tamales, me acerqué a él, asustado me pregunto si yo estaba bien, pero sinceramente no podía ni hablar, estaba muy mal. Metí mi mano a la bolsa del pantalón y encontré 20 pesos, con eso abordé un taxi hacía mi casa. Llegando a mi departamento le pedí a la administradora que me abriera con la llevé que tenía para hablar por teléfono. Cuando la administradora me vio, su cara se desencajó, solo me abrazo y dijo que todo iba estar bien, que ya estaba en casa y que llorara, que no era malo.

Le llame a los míos, y por supuesto acudí a levantar una denuncia, que por cierto me tardaron 11 horas. Fue ahí dónde entendí porque en muchos de los casos, las mujeres que sufren cualquier tipo de violencia no denuncian. No denuncian, porque por si no fuera poco, además de ser abusadas sexualmente,  violadas, golpeadas hasta matarlas, también sufren violencia de las autoridades.

Como muchísimas otras en país, yo también lo viví.

¡Ni una más, ni una menos!

Daniela Acosta Borquez.