El mensaje más ominoso de la tragedia de Puebla es que están muriendo los contrapesos al poder presidencial; poder en un solo hombre.

Y es que para nadie es nuevo que la gobernadora Martha Erika Alonso y el senador Rafael Moreno Valle, los dos fallecidos de manera trágica, eran uno de los más potentes contrapesos al poder del gobierno unipersonal de Andrés Manuel López Orador.

Por eso la gravedad del asunto; porque sea o no un accidente, la desaparición física, en medio de un aparente accidente, envía el mensaje de que en México los contrapesos naturales del poder –como un gobierno estatal o un senador opositor–, terminan muertos.

¿Ese será el ambiente de contrapesos en México? ¿Ese es el mensaje que se quiere mandar?

En el gobierno de López Obrador dicen que no, que ese no es el mensaje; lo mismo dicen en su partido y, sobre todo, entre sus propagandistas, como los fascistas Julio Hernández y Epigmenio Ibarra.

Sin embargo, una cosa es el discurso y otra –muy distinta–, son los hechos.

En el discurso, López Obrador habla de intriga, de neofascistas, de mala fe y mala intención de la derecha. Incluso, dice que para evitar choques y confrontaciones, no acudió al homenaje luctuoso de la gobernadora y de su esposo, el senador.

Olvida el Presidente, sin embargo, que él –López Obrador–, es el jefe de las instituciones, que no puede reaccionar a partir de filias y/o fobias y que, sobre todo, ignora que en tanto jefe del gobierno y del Estado es el hombre que encarna la unidad nacional, que está obligado a convocar a la concordia, al diálogo y al fin de la polarización.

Cuando el Presidente Obrador se negó a acudir con la representación del gobierno y del Estado a un evento luctuoso como el de la goberenadora y el senador — Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle–, en realidad se comporta igual o peor que uno más de los mezquinos a los que cuestiona.

Ese evento, el funeral de Martha Erika Alonso era el mejor momento y el mejor lugar para convocar a la concordia nacional, para convertirse en el centro de gravedad de la reconciliación, para terminar la disputa política entre los poderes.

En cambio, el presidente huyó de sus responsabilidades, escapó de su deber ante la estabilidad y la reconciliación de un Estado dividido, polarizado, ensangrentado y confrontado.

Nunca, en los tiempos modernos, un Presidente, un hombre de Estado, había escapado de forma cobarde a su responsabilidad.

Vicente Fox hizo frente al alzamiento zapatista, Felipe Calderón acudió a las zonas donde la violencia marcó decenas de muertos; Peña enfrentó culpas ajenas y acusaciones severas.

En cambio, el Presidente Obrador se esconde cuando empieza a cultivar toda la perversión que sembró por décadas; culpó sin pruebas al gobierno de Calderón por la violencia, al de Peña por el crimen de los 43 y hoy, cuando debe responder ante el caso Puebla, exige todo aquello que nunca respeto en la tragedia de Iguala.

Es tan penoso y tan peligroso no responder con la fuerza del Estado a la tragedia de Puebla, como escapar de la responsabilidad del jefe del Estado y del gobierno.

A López Obrador le queda grande el paquete de presidente.

Se los dije.