Es muy, muy tentador que esta columna se convierta en una serie de recomendaciones acerca de qué películas o series son recomenrables para ver en estos días de encierro, en lo que transcurre la infame cuarentena que nos tiene a muchos (los más afortunados) en el interior de nuestros hogares. Pero no, ya eso se ha hecho mucho, y ya el encierro es algo que a muchos no les está cayendo en gracia, quizá por eso, más bien deberíamos preguntarnos qué tanto cine (porque de eso se trata este espacio) existe que nos hable acerca del cariño a la vida, al exterior que nos espera, a las ciudades, a la gente, en especial porque es una época no solo de confinamiento, sino también de mucha muerte. 

Andaba sin quehacer, ordenando mi escueta librería de películas, fue que me topé con una colección de cortometrajes que en su momento fueron bastante de mi gusto, New York I Love You. A continuación, explicaré 3 de los cortos que me permití ver, y lo haré porque, a recomendación mía, le diría que mejor pase de largo esta colección, y se vaya directo a ver Paris Je T’aime. Como sea, esta colección de cortometrajes busca aportar una mirada a los rostros que de algún modo, componen a una ciudad tan vasta. El primero cortometraje que me vino a la mente y que enseguida busqué para revisar, fue uno donde un joven tiene una cita con una joven que está en silla de ruedas. Él tiene que llevarla al baile de su escuela, al llamado «prom» gringo, todo porque la novia lo dejó por un estudiante de cine. La pareja va al baile, las cosas salen regular tirándole a mal, ambos se van a Central Park y ahí tienen relaciones. Al despertar, se dan cuenta que ha amanecido, y que seguramente el padre de ella estará furioso. Al llegar, se nos muestra que al padre lo tiene sin cuidado el asunto, y en especial, que la chica es una actriz que solo anda muy metida en un papel. 

El otro cortometraje es uno donde una mujer acude a un hotel. Ella es una persona que anteriormente tuvo una destacada carrera como cantante, pero al parecer eso ha terminado, pues se le ve muy dispuesta a cometer suicidio. Es aquí donde un recamarista encarnado por un Tullido Shia Labeauf entra a hacer el desquite y a evitar el suicidio, para después desaparecer como por arte de magia. El tercer cortometraje es uno en el que podemos ver a una pareja de ancianos atravesar la atribulada ciudad, molestos por el ajetreo, por la desconsideración que una ciudad tan caótica articula hacia nuestros personajes de caminar pausado. Ellos avanzan hacia un lugar indefinido, al tiempo que se la pasan revisando que el otro se cuide, que no sa irresponsable, que sea consciente de la condición de sus delicados cuerpos, casi tanto como para hacer nos preguntar cómo han soportado estar juntos durante 63 años. Llegan a la playa, les llega la nostalgia y finalmente vemos una muestra de cariño mayúscula. 

¿Qué sentido tiene hablar de estos cortometrajes si hasta yo mismo advierto no verlos? De algún modo, los 3 me han hecho pensar acerca del modo en que percibimos el lugar en el que nuestras vidas transcurren. Sabemos que dependiendo del punto de vista, es como lucen las cosas, porque no es lo mismo cantar Cielito Lindo en la oscuridad de la noche del último gran temblor en la Ciudad de México, que desde un departamento de más de 2 millones de pesos en Santa Fe. 

Allá afuera ya está sucediendo cada vez menos vida, la gente está siendo confinada en sus casas, todos están recurriendo a los medios digitales a su alcance para mantenerse en contacto con sus seres queridos, pero el contacto humano es una cosa tremendamente necesaria. Quizá estos cortometrajes se queden cortos en muchos aspectos narrativos, pero son un salvavidas en una época tan extraña como esta. Quizá las cosas son más simples de lo que sospechamos, quizá, estábamos demasiado adormilados.