Esta semana se cumplen 80 años de la llegada a Veracruz de varios buques cargados con miles de refugiados españoles. Los primeros en llegar fueron niños cuyos padres prefirieron enviarles a un futuro incierto antes que tenerles junto a ellos en un país en guerra. Más tarde, tras la derrota de los republicanos en la Guerra Civil, fue el turno de los perseguidos políticos y de aquellos que huían del fascismo a sabiendas de que quizá, nunca más volverían a ver su hogar. Muchos de ellos, de hecho, nunca lo lograrían; la dictadura de Franco se eternizó durante 40 años hasta que el general murió en su cama en 1975. Así fue como cerca de 30.000 refugiados españoles convirtieron a México en su nueva patria, gracias a las puertas que les abrió entonces Lázaro Cárdenas.

El recuerdo de aquellos refugiados ha sido homenajeado estos días en varios eventos, primero durante la mañanera de López Obrador y posteriormente, en la misma Veracruz, con presencia de autoridades españolas y supervivientes de aquel exilio. El presidente mexicano aseguró que el ejemplo de Lázaro Cárdenas ha marcado, hasta nuestros días, la política del país en materia de acogida y asilo. Una política que debería ser común para todas aquellas naciones que defienden los derechos humanos pero que, lamentablemente, es difícil de implementar en pleno siglo XXI.

Para empezar hay que salvar las distancias, hace 80 años la migración no estaba regulada. Además, los buques que venían desde España llegaban cargados de profesionales, intelectuales, ingenieros… en definitiva, refugiados de una guerra, pero en su mayoría bien formados. En Centroamérica no hay ninguna guerra, pero las condiciones de violencia y pobreza de muchas de sus regiones son a veces peores que un conflicto armado. Solo se explica así que millones de personas hayan decidido dejar todo atrás para emprender un viaje que muchas veces termina en muerte, secuestro o deportación. Se juegan su vida (y la de sus familias) en el intento y Donald Trump se refiere a ellos como quien habla de una plaga de cucarachas. Una invasión, dice, que viene a quitarnos los puestos de trabajo.

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Lo que a veces olvida Trump es que su propia familia llegó a Estados Unidos en circunstancias similares a las de los centroamericanos. Su abuelo viajó de Alemania a Nueva York cuando tenía 16 años para ganar un dinero que enviar de regreso a su familia. Esta misma historia se la escuché hace unos meses a un joven hondureño que deambulaba en un albergue de migrantes en Tijuana. Viajando solo tenía nulas opciones de conseguir asilo en EEUU, así que ya estaba barajando la opción de contratar un coyote. Yo intenté disuadirle hablándole de las opciones que estaba dando ahora López Obrador: “aquí puedes conseguir visa de trabajo y tránsito, ¿todavía te merece la pena cruzar la frontera?”. Su respuesta me abrió los ojos: “hay algo que no entiendes, yo no viajo para buscar un futuro mejor para mí, si fuera así me quedaba en México sin dudarlo. Yo viajo por los que se han quedado en Honduras, si consigo un trabajo que pague en dólares podré enviarlos de regreso a donde los necesitan de verdad”.

El gobierno mexicano está jugando con fuego con esta crisis migratoria. Las amenazas arancelarias de Donald Trump solo buscan un objetivo que parece cada vez más cercano: convertir a México en el tercer país seguro. Un cambio en la legislación que, en la práctica, obligaría a los mexicanos a asumir en solitario una crisis migratoria que es de todos. Es el peligro que conlleva ser puente entre el primer y tercer mundo. López Obrador deberá hacer malabares para gestionar el egoísmo aislacionista de los primeros y la necesidad extrema de los segundos. De no conseguirlo, tendrá que renunciar a los principios que heredó de Lázaro Cárdenas y asumir que el respeto a los migrantes ya no depende de su voluntad de defenderlos, sino de evitar a toda costa una posible guerra comercial con el temido vecino del norte.

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