El próximo domingo Andrés Manuel López Obrador rendirá su primer informe de gobierno.

Las cifras, avances o retrocesos que se puedan presentar serán discutidos en su momento. Sin embargo, hay dos datos incontrovertibles: 

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El primero es que los primeros meses del gobierno de AMLO son los más violentos de la historia de México. De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre diciembre de 2018 y julio de 2019  se registraron más de 20 mil homicidios.

El segundo dato es que en lo que va del gobierno obradorista la economía se encuentra estancada. De acuerdo con datos del INEGI, el crecimiento de la economía en el segundo trimestre del año fue de 0.0 por ciento.

Tomando esas cifras en consideración, resulta llamativo que no exista ningún proyecto político de oposición que haga sombra a un gobierno incapaz de satisfacer dos de las principales preocupaciones de los mexicanos: seguridad y estabilidad económica.

Dicho de otro modo: ante un gobierno que no ha cumplido las expectativas, ¿qué ofrecen los partidos de oposición?

Por desgracia, el común denominador en la oposición es la incapacidad de realizar dos operaciones fundamentales para atraer al electorado: 1) Renovar sus cuadros a través de nuevos liderazgos; y 2) Construir proyectos alternativos al hegemónico.

Veamos, por ejemplo, el caso de Acción Nacional. El PAN es la segunda fuerza en el Congreso y encabeza 11 gobiernos estatales. Sin embargo, tanto los legisladores como los gobernadores panistas parecen más preocupados por reaccionar a las propuestas o acciones de Morena y del presidente que por plantear propuestas alternativas. ¿Quien recuerda alguna iniciativa trascendente del PAN? ¿Cuándo fue la última vez que Acción Nacional logró colocar un tema relevante en la agenda?

Por su parte, el PRI no sólo acarrea un bien ganado desprestigio por la corrupción de pasadas administraciones. Además, ha perdido su significado histórico: ¿Qué sentido tiene un partido «revolucionario» cuando el gobierno en turno se define como la «cuarta transformación» después de la Independencia, la Reforma y la Revolución?

Aún más grave es la situación del PRD. Apenas el pasado fin de semana el partido anunció el lanzamiento de la iniciativa Futuro 21, mediante la cual busca unir fuerzas con ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil. ¿El problema? Se trata de las mismas caras con nuevas siglas: «Los Chuchos» reforzados por expriistas como José Narro, expanistas como Rubén Aguilar o el «ambientalista» Gabriel Quadri, recordado por sus desafortunados comentarios sobre los estados más pobres del país.

Finalmente, Felipe Calderón, uno de los políticos más críticos de la 4T, ha sido incapaz de trasladar su activismo en redes al reclutamiento de cuadros para la formación de un nuevo partido. A falta de seis meses para que venza el plazo, su proyecto, México Libre reporta un avance de 13 por ciento en la afiliación de militantes y 17 por ciento en la realización de las asambleas necesarias para obtener el registro. Calderón es también una de las viejas caras la política mexicana, y su poder de convocatoria parece muy mimado. La última vez que el calderonismo tuvo la oportunidad de «mostrar el músculo» fue en el pasado proceso electoral, cuando Margarita Zavala tuvo que dejar la contienda de forma anticipada al aparecer en el sótano de todas las encuestas.

Ante este panorama, no sólo es necesario observar los errores del gobierno; también hay que analizar qué está haciendo mal la oposición para contrarrestar el discurso de un gobierno que no ha cumplido las expectativas. La cuestión de fondo es: ¿Cómo llenar el vacío de un proyecto alternativo a la narrativa del grupo hegemónico? ¿Quién o quienes tienen el capital político para encabezar ese proyecto?