Decir que ante los feminicidios que nos atosigan hoy día, son cadenas de negligencia del Ministerio Público o de los jueces, o que fue el neoliberalismo, es evadir una responsabilidad y un compromiso con la nación. La sociedad, las familias, las mujeres y las niñas sufren en esta hora de tragedia continua y el gobierno evade su responsabilidad pública, social y gubernamental. Y las muertes siguen y la violencia sigue y la impunidad sigue.

Mientras los feminicidios continúen, el acoso y la violencia pública, familiar o social continúen, no habrá narrativa del gobierno que sea suficiente para disminuir el coraje, la rabia, la furia y la violencia de las mijeres que se han manifestado en todas las plazas públicas y, en particular frente a Palacio Nacional.

Ningún discurso tiene significado cuando se ha violentado la vida social, la autoridad pierde capacidad de acción, se ha vuelto estatua de sal o piedra. Un florero que simplemente adorna, y a veces ni eso, estorba.

La verdad es qué hay una pérdida de sensibilidad ante la tragedia, es lo primero y lo último de quien posee una responsabilidad pública. Desde luego que todos debemos atender este llamado y para todo lo que los feminicidios genera.

El número de feminicidios se duplicó, en los dos últimos años. En 2018 hubo 484, en 2019, 976; en 2020, van más de 10 de alto impacto en la opinión pública. Resuenan trágicamente los nombres de las mujeres sacrificadas: Fátima, Ingrid, Minerva, Ma. del Pilar, Isabelle, Janet, Judith, Martha, Jazmin, Sonia, Daniela, Cinthia, Raquel, Abril y muchas otras más. Todas en situación trágica, todas con el carácter de omisión por parte de la autoridad. Todas con un silencio cómplice de la sociedad.

El cambio de gobierno no ha sido benéfico para las mujeres, para muchos en la sociedad, la alternancia ha sido contraproducente a sus intereses, su bienestar, su seguridad, sus vidas.

La inconformidad femenina ha devenido oposición social, molestia en el zapato del gobierno, afrenta de la sociedad. El presidente no encuentra la salida. Tal parece que la omisión o la incomprensión del fenómeno lo ha rebasado, la minimizarían del problema sólo conduce a la opacidad, a ignorar lo evidente.

De un problema de seguridad pública, de justicia, de aplicación de la ley, de trabajo en políticas públicas, se ha vuelto ya una amenaza a la seguridad de la nación.

Se ha expuesto en la arena pública muestra la indolencia gubernamental, la incapacidad de los responsables y el dolor familiar y social. El grito doloroso de los familiares de las víctimas, de madres, hermanas, tías, sobrinas, amigas, mujeres, todos, retumba en cada piedra que se pinta, lo mismo en palacio, que en los monumentos de la Ciudad de México, como testimonio de la sangre derramada.

Sin seguridad no hay desarrollo posible.

¿Cuántos feminicidios serán suficientes para quien tutela la seguridad nacional, para que se ponga el saco, para que se tomen las decisiones que amerita el caso y la responsabilidad pública?
Ni cómo ayudarle, pues no hay peor sordo que el que no quiere oír.