Así reza un refrán que circula en los corrillos políticos, como una marca fronteriza que exhibe la soberbia de quienes no entienden que el servicio público es para servir a la gente y no para servirse.

Bien dice Heráclito que lo único eterno es el cambio. Tan dialéctica es la vida. En la pradera humana que construimos, es cotidiano observar que llegamos al punto en que hoy puede ocurrir cualquier cosa que, en el pasado, no hubiésemos imaginado.

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La búsqueda en el pasado es para comprender históricamente el presente, sin embargo, tomarlo exclusivamente como una referencia arbitraria de culpas o responsabilidades actuales es caer en un historicismo selectivo y prejuicioso, ideológico en su sentido peyorativo, que quiere convertir mentiras en verdades y termina sepultando futuros sociales.

Los juzgados de ayer, hoy hacen la ley. Y no siempre con la generosidad que da la experiencia, sino con el rencor del tamaño de sus prejuicios. Es cierto, la miseria humana no tiene límites. El discurso del odio que divide y polariza, tarde que temprano se revierte. Sea en EU o en México.

No puede haber júbilo ante las desgracias ajenas, sin duda es mejor el avance de una micra que el retroceso que ahoga, pero ni una golondrina hace verano y ni un millón de mentiras hacen verdad. Decir una cosa, hacer otra y pensar otra más, no es hipocresía o astucia acomodaticia, es la simple y llana locura. ¿Quién puede confiar en alguien que muestra esta inconsistencia lógica o vital? Tirar la piedra y esconder la mano es cobardía; lo mismo que responsabilizar a otro de lo que tú haces.

El mito de Sísifo permite una lectura de la cultura del esfuerzo y un poco de ciencia obliga a repensar que hay conocimiento y saber acumulados, que nada surge de la nada y que no podemos pensar que la historia, la política o la vida pública surgen con un solo hombre.

El fanatismo, pensamiento único, ignorancia, manipulación, xenofobia, rencor, mentiras o falsedades, suman un caudal que lleva al matadero, al discurso de odio. Con el tiempo, los carniceros y reses intercambian papeles, mientras estén con vida política.