Las declaraciones grotescas que día a día hace el burócrata plumífero de Palacio Nacional, han puesto de moda, nuevamente, ciertas discusiones teóricas, como aquella que guarda relación con la geometría política “liberal-conservador”.

López Obrador gusta de descalificar a sus adversarios llamándolos “conservadores” y él se asume, erróneamente, como depositario del legado liberal. Pero lo cierto es que López Obrador es un vulgar reaccionario, un retrógrado, un conservador que gustosamente optaría por las monarquías absolutas de viejo cuño.

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Me considero un pensador que se mueve entre el liberalismo clásico y el liberalismo social, y, en algunas ocasiones, puedo asumir las posturas socialdemócratas cercanas al ordoliberalismo (economía social de mercado). Por eso sé, perfectamente, que AMLO es un falsario, además de ser un ignorante.

De inicio, un liberal jamás optaría por el estatismo al que se inclina AMLO. Para los liberales, el gobierno es sólo un mal necesario, un monstruo del cual debemos cuidarnos dada su inherente proclividad a chingarse a los ciudadanos, comenzando por los impuestos. Mientras menos gobierno, mejor.

Un liberal busca gobiernos pequeños, austeros y eficientes, y gobiernos que eviten al máximo el parasitismo social, es decir, la existencia de personas o grupos sociales que vivan a costa del erario público por gracia del gobernante en turno… ¡y resulta que López Obrador postula y practica el estatismo y el parasitismo social!

Los programas sociales de AMLO son fábricas de huevones y de mantenidos de todo tipo. Como buen populista, AMLO no pretende que el jodido aprenda a pescar para ganarse su propio sustento: lo que pretende es repartir pescados a diestra y siniestra para generar perversas relaciones clientelares; vínculos que a él lo mantengan en el poder y a sus beneficiarios los mantengan en la oprobiosa actitud de estirar la mano, como viles pedigüeños. AMLO busca ganar adeptos mediante limosnas electoreras.

Por otro lado, un liberal sostiene y defiende las virtudes del libre mercado, es decir, de la libre, racional y responsable concurrencia de productores, distribuidores y consumidores para intercambiar bienes y servicios. El gobierno está convocado a ser, básicamente, un árbitro imparcial y efectivo. Son los actores económicos quienes deben decidir qué, cuánto, cómo y cuándo comerciar.

En una economía de libre mercado las restricciones al comercio deben ser mínimas y justificables. Una economía de libre mercado admite, sin chistar, por ejemplo: la legalización de todas las drogas, la regulación de la prostitución, la venta de órganos propios, y el mercado de armas para la autoprotección y la legítima defensa. ¿Conocen alguna iniciativa de López Obrador al respecto?

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El tema da para más. Por hoy es suficiente.

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