Desde luego que al adjetivar la democracia buscamos su precisión, al clasificarla agrupamos las coincidencias o semejanzas y así, separamos lo diferente.

Por eso hablamos de la democracia directa o representativa, las democracias modernas o la democracia a la mexicana o la estadounidense por ejemplo.

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Mientras en EU se dirimen y conjugan resultados evidentes, en otras partes el proceso democrático avanza. Tarde que temprano se aceptan sus resultados.

Coincidimos en una democracia procesal, en donde el peso gira alrededor de lo electoral, con las características distintivas en su organización y de reglas presupuestas en su ejercicio libre, con tiempos establecidos para su cumplimiento y criterios de objetividad con igualdad.

En algún sentido la no determinación de resultados corresponde al sistema electoral y a la manera de su sistema de partidos. Lo ambiguo e incierto en sus resultados finales tiene ese carácter de libertad y competencia. De acomodos y reacomodos de la voluntad individual o popular.

En la democracia, en particularidades sociales, cosechas lo que siembras; los intereses brotan en el parto de los montes y así se revalora la democracia en su conjunto, en cada elemento de su estructura, procesos y resultados, al final siempre podemos observar qué falta o sobra, qué sirve o no y seguimos nuestro destino político fugaz.

Si bien cada proceso electoral es diferente, al igual que sus reglas y campañas, hay elementos comunes que la hacen viable: el elemento institucional que las organiza, sea la autoridad o partidos, los candidatos y su búsqueda del voto y los electores que deciden libre y voluntariamente, y una instancia que decide el resultado final, después de concluir con su validez, el cúmulo de inconformidades.

Los intereses están a flor de piel, es la pasión que arrebata la tranquilidad rutinaria para alcanzar las metas de cada actor político.

La democracia mexicana o estadounidense, o cualquier otra, debe terminar con las inquietudes sensatas en un resultado, el vencedor o el vencido deben auto sreconocerse y así, facilitar la continuidad del gobierno, de quienes representan a la mayoría.

Las impugnaciones sensatas son valoradas y dirimidas por un tercero, sea tribunal o la presión de la opinión pública. El proceso es perentorio.

Así es como las democracias avanzan, crecen y se desarrollan, dirimen conflictos, fortalecen la competencia y hacen de la libertad una forma de materialización en el voto y el respeto vigilante del mismo. Cada cabeza cuenta, cada voto vale, cada uno es un ejercicio soberano que le da sentido al proceso democrático de principio a fin.

Es un programa abierto que siempre puede y debe mejorarse, que va incorporando la dinámica de la experiencia, de su práctica, hasta que deviene una forma de gobierno satisfactoria. Así se canalizan los intereses y la política es arte individual o colectivo, es posible un juego de sumar sumar.

Resistir y enfrentar el abuso o la tentación autoritaria, está en la raíz misma de la democracia, con todas sus limitaciones pero, sobre todo, con toda su fuerza acumulativa.

La democracia es caprichosa, y los sujetos de la política pretenden subordinarla a sus caprichos y, al final, terminan burlados.

Bienvenida la democracia en cada rincón donde haya una luz de libertad, de igualdad y de fuerza común organizada. Los riesgos y amenazas a la democracia los hemos reflexionado y compartido en el reciente libro #RepensarMéxico una Introducción a la Seguridad y Defensa Nacionales.