Alguna vez me comentó el periodista guerrerense Don Pedro Huerta, que el poder es un veneno del que no hay antídoto y cuando entra en tu sangre no te deja hasta morir.
El deseo de poder no culmina con un cargo, se incentiva con él y quiere más, siempre más.

Sin embargo, gen la escala de los puestos públicos, como en la de los deseos, llega un momento en que se han cubierto todos, en una ruta de refuerzos por conquistar jerarquías en ascenso, no queda más y la sed de poder no acaba, cual adictivo veneno te pide más y más.

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Otra cosa es la responsabilidad del poder, la que tiene que ver con el servicio a los otros, a la sociedad, que es también proceso ilimitado y, sin embargo, parece que se agota muy pronto, que la imaginación de servir acaba, se desvanece, se pierde o desaparece.

El deseo de poder y la responsabilidad del poder juegan en un sube y baja, en una relación asimétrica. En la mente del sujeto de poder, en las situaciones en que se da y desenvuelve, en su despliegue cotidiano, en sus demandas de ejercicio para satisfacer las expectativas de los demás.

En la práctica, el ejercicio del poder desgasta, la demanda de bienes concretos por parte de los otros se vuelve inagotable y en la oferta, los recursos públicos, que son limitados, no alcanzan y entonces se muestran los límites del poder mismo.

Es el caso de los servicios públicos, de los empleos, de las vacunas, de la segura inseguridad, del discurso sustituto de la realidad, del ya merito, de a la otra, de toda expectativa creada en los otros, que al no cumplirse tiende a revertirse y surge la molestia, el coraje insatisfactorio, la pérdida de esperanza, los tiempos agotados y la reacción en contra del sujeto de poder; es el voto, en la rotación del tiempo, el que muestra alcances y límites, que en la gran prueba de la sucesión, de la entrega de estafeta, se mueve hacia otros sujetos de poder, para que la noria de su ejercicio se mantenga y continúen las expectativas esperanzadoras.

A veces se rompe esa continuidad en y del poder, surgen las alternancias, los opositores organizados en grupos de interés y de presión, las autodefensas, nuevas células de la delincuencia, nuevos políticos, nuevas alianzas y formas de manifestación, nuevas demandas que se suman a las anteriores.

Ese es el vaivén de la política, del gobernante preocupado ante el desgaste y pérdida del poder, que no siempre corresponde a las necesidades, intereses o deseos de los gobernados; toca las estructuras, los procesos y los resultados de todo quehacer público, son los actores y factores, en una dialéctica de amo y esclavo, que nunca logra satisfacerse, que da topes de apariencia, y que escuchamos en el discurso público, en las quejas, los avances y las derrotas, en lo que no se ha logrado, en lo que sigue girando como una constante interminable de quejas y demandas, legítimas o no, hasta que uno u otro se agotan, así es la vida política actual, así seguirá siendo.

Vienen tiempos de mayor demanda y de antagonismos que surgen de la escasez, si no hay capacidad previsora, llegaremos tarde a las respuestas deseadas por el otro y las situaciones podrán ser desesperadas y de rupturas, de pérdidas para todos, de un desperdicio reiterado, y seguiremos en busca del tiempo perdido, de la seguridad perdida, de las oportunidades extraviadas en las ruinas de un poder agotado. La búsqueda de sobrevivencia será el fin fundamental de todos los sujetos de poder.