Desde el Senado llevamos un año buscando mantener el contrapeso que significan los poderes del Estado, intentando contener los excesos del poder.

 Los pasos del Ejecutivo en el  Legislativo han transitado por el avasallamiento de la mayoría legislativa en San Lázaro y los contrapesos del Senado, aunque se empiezan a desdibujar. No menos de 12 son las reformas que marcan a este gobierno es su primer año de ejercicio: Ley de Austeridad Republicana, extinción de dominio, paridad de género, creación de la Guardia Nacional, prohibición de condonación de impuestos, revocación de mandato y, consulta popular, nueva Ley Laboral, Ley de Salud, cancelación de la reforma educativa, remuneración de servidores públicos. No todas dialogadas, pero todas aprobadas.  

 El 2018 dejó un nuevo escenario político, una transición que nunca se presentó fácil para quien asumía el poder: violencia, corrupción, desigualdad social. Estamos a un año y la seguridad y economía siguen siendo los dos grandes pendientes: 34 mil homicidios dolosos convirtiendo el 2019 en el año más violento en la historia moderna del país, un crecimiento económico sobre cero y una tasa de desempleo de 3.6%, mayor a la de los últimos tres años.

Ayer, en medio una gran verbena en la plancha del Zócalo –tan gustadas por el presidente-al ritmo de la Sonora Santanera, con un marco de pancartas, camiones a lo largo de reforma, aplausos, souvenirs; tan similar a lo que por tantos años fue México y el poder presidencial y con una marcha en contraste en el Ángel de la Independencia reclamando seguridad, el primer mandatario pidió un año más para consolidar la transformación, bajo el mismo discurso: promesas, culpar a los gobiernos pasados,  dividir a México en buenos y malos, ricos y pobres, amigos y enemigos.

 La promesa de combate a la corrupción, que nadie podríamos discutir y cuyo objetivo todos anhelamos, en los hechos dice algo diferente. Hoy más del 70 por ciento de las compras que hace este gobierno son adjudicaciones directas, sin licitación, sin competencia, sin oferta, la puerta para la corrupción, tenemos una “Ley Bonilla”, una nueva titularidad de la CNDH poco legitima, poderes autónomos vulnerados…

Se han destinado más de 400 mil millones de pesos a programas sociales, que de no ser por la presión que se ha ejercido desde el Poder Legislativo, hubiesen sido programas sin reglas de operación, con un ejercicio presupuestal de uso discrecional para generar una base clientelar que por años hemos padecido los mexicanos.

En materia económica, no se están generando empleos, se ha ahuyentado la inversión; partiendo de la primera gran y apresurada decisión de este gobierno: cancelar la construcción de Aeropuerto de Texcoco, que detonó una carambola de malos resultados en materia económica.

Las cinco acciones que hace unos días el primer mandatario reconoció como los principales logros de su gobierno: pensión a sectores vulnerable, la lucha contra la corrupción, la eliminación de los lujos en el gobierno, no devaluación y el no crear más impuestos, contrastan con los 34 mil muertos y los 831 feminicidios en lo que va del año, la liberación del hijo del Chapo, el asesinato de la familia Lebarón; entre ellos seis niños, el cierre de estancias infantiles, suspensión de tratamientos a niños con cáncer, desabasto de medicamentos y cero crecimiento económico.

Hay avances en política social, no hay nuevos impuestos, no hay lujos en el gobierno, hay un combate a la corrupción; pero mientras el ciudadano siga saliendo con el temor de ser asaltado, secuestrado, extorsionado, mientras las mujeres sigan siendo asesinadas, los niños carezcan de sus tratamientos, que no haya infraestructura hospitalaria, que los hospitales sigan padeciendo por desabasto de medicamentos, insumos y falta de médicos, mientras la gente siga perdiendo su empleo y no vea reflejado el avance económico en sus bolsillos, no habrá transformación que presumir.

 Hoy necesitamos construir una alternativa que una a México. No son los muertos de Andrés Manuel, no son los muertos de Peña Nieto, no son los muertos de Felipe Calderón, son nuestros muertos. Todos tenemos que brindarnos la confianza de que realmente nuestro compromiso es cambiar a nuestro país, pero esa confianza debe de ser recíproca, nosotros en el Senado le hemos tendido la mano al Ejecutivo una y otra vez, como oposición le hemos dado los votos para sacar adelante temas como la Guardia Nacional, con el ánimo y confianza de que el proyecto para pacificar al país prospere; pero la soberbia los está llevando al ánimo de avasallar con mayorías –aunque implique salir de la legalidad- antes que construir acuerdos. 

Estamos a tiempo, es un primer año.

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