La relación diplomática entre México y los EEUU data desde diciembre de 1822, cuando el Emperador Agustín I, nombró a José Manuel Zozaya y Bermúdez, para que negociara ante el gobierno del presidente James Monroe, el reconocimiento de la independencia y del propio Imperio, además de informar sobre los intereses estadounidenses sobre la nueva nación.  Tras la caída del Imperio mexicano y la llegada del primer gobierno republicano, a cargo del Gral. Guadalupe Victoria, este nombró a Pablo Obregón a propuesta del Canciller Lucas Alamán y a su vez,  el gobierno estadounidense designó a Joel Robert Poinsett, cuya misión fue la de fijar las fronteras de acuerdo a los Tratados Adams-Onís (1819) y negociar la compra de los territorios del norte.

Luego entonces, desde 1822 hasta la fecha, las relaciones internacionales de México de manera directa o indirecta han pasado por la atenta mirada de Washington, a causa de que sus intereses y seguridad nacionales, no se vean afectadas, ejemplo de ello, es la acción que emprendieron para invadir al puerto de Veracruz (21 de abril de 1914) a cargo del Contraalmirante Frank Friday Fletcher, para contrarrestar la factible influencia alemana en el proceso revolucionario, aunado para desconocer al gobierno de Victoriano Huerta. Tras estos sucesos la propia revolución y de la nacionalización de la industria petrolera, la relación bilateral retomó sus intereses a causa de la amenaza de la Alemania Nazi y de sus aliados Japón e Italia; México y EEUU se volvieron aliados estratégicos, para enfrentar esta amenaza a la seguridad internacional.

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A consecuencia de ello, México fue parte de las naciones fundadoras de la Organización de Naciones Unidas y durante la Guerra Fría, la relación mejoró para darle certidumbre a la región de Centroamérica y el Caribe, si bien no faltaron fricciones, por los movimientos revolucionarios en diversas parte de América Latina, la relación bilateral fue ajustándose a las propias condiciones de la realidad internacional, facilitando con la caída de la Unión Soviética, que México firmara el TLCAN y sus intereses se movieran hacía la región de América del Norte y para ser un actor con responsabilidad global. La alianza comercial, sirvió para que México asumiera nuevos retos al interior del Foro de Davos, APEC, OCDE, como también en el combate al crimen organizado transnacional.

No obstante, el cambio de régimen y de posicionamiento doctrinal del actual gobierno, le han llevado a tener diferencias de forma y de fondo.  Primero a causa de una inusual colaboración con el gobierno de Donald Trump, quien desde su campaña, anunció la construcción de un muro en la frontera de ambas naciones. El entonces candidato de MORENA, afirmaba en sus mítines de campaña que se defendería a ultranza la soberanía nacional, pero ya como presidente constitucional, aceptó prácticamente todas las medidas para controlar los flujos migratorios centroamericanos que usaban al territorio mexicano para llegar a los EEUU, e inclusive, en un momento sumamente complicado y delicado a causa de la victoria electoral del demócrata Joseph R. Biden, el ejecutivo federal se tardo 38 días para felicitarlo.

Y que decir de su desdén ante la invitación para participar en la Cumbre de las Américas, celebrada en la ciudad de Los Ángeles, California, a razón de que no fueron invitadas naciones catalogadas con regímenes dictatoriales, que violan los principios de la OEA, como son Cuba, Venezuela o Nicaragua. Los alegatos efectuados por el Ejecutivo Federal mexicano (sean un distractor o no), le han llevado a pronunciarse a favor del ciber-delincuente Julian Assange para otorgarle asilo político y de no lograrlo, de acuerdo para el presidente mexicano, los EEUU incumplen con sus valores democráticos, por lo que deberían de desmontar la estatua de La Libertad (ubicada en la isla de la Libertad al sur de la isla de Manhattan, en la desembocadura del río Hudson, cerca a la isla Ellis).

En la visión de la actual gobierno mexicano hacía a los EEUU, el discurso debe ser enérgico, solemne, ultra-nacionalista y defensor de los valores latinoamericanistas, demagógico, pero que en los efectos reales, lo que logra es confrontar a los círculos de poder de las dos naciones, como acontece en los posicionamientos de senadores tanto Republicanos como Demócratas, que han señalado, de manera preocupante, lo que acontece en México en materia de protección a periodistas, el incremento de las operaciones del crimen organizado, la violencia y la falta de aplicación del estado de derecho.

Esta visita de trabajo, se perdió una magnifica oportunidad para restablecer la confianza entre los dos gobiernos, primero a razón de que la seguridad internacional está comprometida por la guerra de Putin sobre Ucrania, cuyos efectos, se encuentran en los incrementos a los hidrocarburos, la escasez de cereales, como también, en la depreciación del Euro frente al dólar y los efectos que esto traerá en el comercio internacional.

A su vez, a partir de la Conferencia de Madrid de la OTAN, la República Popular de China (RPCh), ha sido definida como un enemigo de las naciones occidentales, precisándose otro escenario de conflicto en la región Indo-Pacífico, como también, la tensa condición que se vive en África Subsahariana, como en el Magreb, por causa de los grupos integristas, que están provocando amplias masas de desplazados que buscan cruzar el Mar Mediterráneo, en busca de una mejor calidad de vida.

La visita a Washington, para el ejecutivo federal será publicitada como todo un éxito (como lo han demostrado a través de un desplegado los gobernadores de MORENA), pero realmente, la atención del presidente Biden estaba en dos situaciones; al interior del Congreso por las audiencias del 6 de enero, cuando Donald Trump se negó aceptar su derrota y arengo a sus partidarios a tomar el Capitolio para frenar la sesión del Senado, que avaló la elección presidencial y por otro lado, el viaje que emprendió a las pocas horas, para atender una gira de trabajo en Israel (para reunirse con el presidente Isaac Herzog y el líder opositor Benjamin Netanyahu) y posteriormente en Jeddah con el príncipe heredero saudita Mohamed bin Salman.

Es una delicada operación diplomática, a causa de sumar esfuerzos para consolidar un bloque en contra de la Federación Rusa y de sus aliados Irán y la RPCh, de lograrse, la capacidad de influencia estadounidense, generaría un cerco fundamental para mantener su Status Quo como potencia, pero al mismo tiempo, para ajustar el delicado tablero mundial.  La visita pudo fortalecer los lazos de aliados estratégico, pero lo que se logró, es mantener una relación en Stand by, en lo que llegan tiempos mejores.  El Emperador Iturbide, como Benito Juárez, Adolfo López Mateos o las últimas administraciones federales supieron del valor estratégico, de llevar a cabo una diplomacia puntual, que negociara tanto el entendimiento, pero también, que los intereses nacionales fueran salvaguardados, ahora ello, no acontece.

Palacio Nacional, no supo entender una máxima de Henry Kissinger, que en su obra, La diplomacia, sentencia: “los Estados Unidos se verían obligados a defender cualquier zona considerada esencial para su seguridad sin fijarse en los méritos de la víctima o en su contribución para la defensa común. Ahí estaban los dilemas que después pasarían primer plano, bajo el rubro de compartición de la carga de los aliados”.  México mas que nunca esta en una zona fundamental para la seguridad estadounidense, ¿Palacio nacional lo entiende?