La muchacha, a quien se le inventó que era bruja y que manejaba hechizos para enamorar a los hombres, permanecía atada en un palo de madera llorando y esperando a que su verdugo, encapuchado, le prendiera fuego a la leña seca que rodeaba su cuerpo. El fin era hacerla arder para «salvar su alma». El pueblo ignorante y morboso miraba de principio a fin la escalofriante escena entre aullidos de dolor y olor a carne quemada. Cuando los gritos cesaron, la víctima había muerto. Entre miradas de rencor, muecas babeantes de resentimiento y corazones envueltos con trapujos envenenados, los habitantes caminaban lentamente a sus chozas. Era momento de esperar a la siguiente víctima a quien ellos pudieran, con sus asquerosas y puntiagudas uñas sucias de excremento, señalar. La calumnia era su fuerte; la envidia germinada en su mente era el motor que los impulsaba; los globos oculares, opacos como piedras de río, eran su reflejo. Cualquiera podía ser el siguiente en la lista de la gran pira purificadora de almas. Así trabajaba la Inquisición. Utilizaba el chantaje para que el pueblo temeroso le mostrara al traidor, al que pensaba distinto, al que se atrevía a opinar incomodidades, a quien supiera un poco más. Así, con la ayuda de la gente, mantenía el control del Estado. 

En esta era digital, el linchamiento se da desde las redes sociales. Los babeantes envueltos en harapos solo deben tomar su teléfono inteligente, ponerle unos pesos de crédito y utilizar una etiqueta, o hashtag, para señalar a quien ellos crean digno de irse a la pira digital purificadora de almas. ¿Logran su cometido? ¡Claro que sí!

Hemos constatado el linchamiento digital de personas a quienes los súbditos del presidente López consideran indignos por comentarios que sienten que no están a tono con las ideas del partido en el poder. Son una fuerza demoledora, sin escrúpulos, que se une en contra de su víctima para destrozarle la vida. No importa si ellos han escrito o dicho algo similar en su pasado, con un «lo siento», se sacuden el polvo del poco pudor que les pudo haber quedado en la vida y vuelven a la pelea. El presidente López se ha sabido rodear de gente muy afín a su pensamiento autoritario y esa gente lo respalda de manera espectacular. Son expertos en el insulto, la calumnia y el asedio. No es limitante de edad o cargo. Los diputados y senadores del partido en el poder han demostrado su desprecio por ciudadanos que ellos consideran no aptos para opinar. Siguen el ritmo y las órdenes de quien lleve la batuta en el momento; sin enterarse mucho de la situación odian a quien se necesite, difaman sin detenerse a analizar; se vuelven un puño de color guinda que contradice todo lo que se supone defienden. 

El presidente y sus seguidores dicen querer una patria mejor, pero destruyen la vida de quien pueden. Presumen tener preparación, pero no han dejado de mostrar su ineptitud. Se muestran como paladines de la verdad, pero mienten cada vez que hablan. Ondean el banderín de justos, pero calumnian sin remordimiento.

Son, juntos, una avalancha que arrasa con sus propios ideales; no se dan cuenta que son su verdugo, que ellos están subiendo a la pira digital para lincharse solos. Ya comenzaron a tropezar y no pararán, porque su opacada mirada no los dejará ver. Es cuestión de tiempo.

Apaguemos el fuego digital. No demos armas a quienes solo quieren lastimar. Defendamos nuestro derecho a opinar, pero seamos inteligentes y cautos. No tiremos golpes al aire, no sirven de nada y solo nos desgasta. Enfoquemos nuestra lucha para defender el derecho de libre pensamiento y de libre albedrío, pero mandemos el mensaje al destinatario correcto. Ignoremos a los provocadores. Solo así recuperaremos el control del Estado y la pira del linchamiento dejará de quemar inocentes.

Te puede interesar:  AMLO: abusivo con los mexicanos y agachado con Trump