La geopolítica como ciencia, tiene un inescrutable vínculo con la política exterior de toda nación, ya que a través de sus diversos planteamientos y postulados teóricos-metodológicos, da el orden de la manera en la que se pueden establecer diversas líneas de acción, pero ante todo, de las estrategias que se deben de ser ejecutadas, dependiendo de las características de ubicación, afinidad político-económica, alianzas regionales y ante todo, que respondan a las necesidades del Poder nacional, el cual, ha sido definido por el propio devenir histórico que afronta una nación en su existir mismo.

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Con estas consideraciones, en el siglo XXI, las Relaciones Internacionales, la Diplomacia y la Política Exterior, son eficaces instrumentos que los Estados han creado a lo largo de la historia de la humanidad para dar certeza a la propia existencia de las naciones, desde la Grecia antigua y el Egipto faraónico, hasta nuestros días.  En este sentido, un Estado y su gobierno tiene en su política exterior la mejor herramienta mediante la cual se pueda llevar a cabo el proceso que coadyuve al desarrollo nacional, por ello, es tan importante las acciones que en el año pasado y a lo largo que va de este, están ejecutando las potencias en la definición de sus propios intereses nacionales, como también en la consolidación de los ideales con los cuales fueron fundados.

Al respecto, el gobierno de los EEUU, ha pasado de una política exterior agresiva, propuesta en el hardpower a una en la que se busca privilegiar el softpower, es decir, durante la administración del presidente Donald Trump, sus acciones fueron referenciadas a la demostración de que el poderío estadounidense estaba basado en su capacidad militar y económica, lo que les daba prestigio para seguir ejerciendo su presencia hegemónica a nivel mundial, esta propuesta se ejerció frente a sus socios de la OTAN, el intento de conciliar intereses con Corea del Norte y proponer una postura mas radical frente a las acciones de los fundamentalismos islámicos al apoyar la propuesta del gobierno de Benjamín Netanyahu de que Jerusalén fuera la capital de Israel y para ello movió la sede de su embajada. Cada uno de estos hechos y otros más, marcaron un estilo de llevar a cabo la acción de la política exterior, pero al mismo tiempo, no se salía de un objetivo central para las características de una nación como EEUU, establecer que los intereses nacionales deben ser ejercidos y defendidos.

Este modo de actuar en la manera del arte de llevar a cabo la política exterior de una nación se observa en como la fue ejecutando la Canciller alemana, Angela Merkel, de procurar la mediación y negociación a partir de la fortaleza económica, para que a partir de ello, asumir la responsabilidad de los actos políticos de una nación y más aún, cuando en ésta, descansa buena parte de la responsabilidad de la Unión Europea, tomando en cuenta también, que la unión es un pivote o heartland, que confronta a otro heartland en la lucha por la definición de los liderazgos mundiales. Afortunadamente para la Alemania de Merkel, encontró en los diversos gobiernos franceses (no obstante sus posiciones políticas) importantes aliados para el devenir de la unión, pues cada nación y sus gobernantes entendieron tras la Segunda Guerra Mundial, que el tiempo de los grandes imperios europeos había pasado, pero que su abolengo les permitiría ser consecuentes con su historia y habría que sumar los debidos esfuerzos de sus respectivos poderes nacionales y que en el caso de la política exterior, de esta región y de lideres, un entendimiento de temas en común pero sobre todo de la defensa del interés europeo.

Al considerar el concepto de heartland, no se debe de soslayar las acciones que la Federación Rusa ha venido estableciendo el gobierno del presidente Vladimir Putin, quien no se ha separado casi ni un milímetro, de las enseñanzas que dejaron Pedro el Grande, Catalina la Grande y los gobiernos de los soviets. Putin sabe que necesita un rimland que proteja al territorio ruso de ahí el por qué mantener una excelente alianza con los países denominados como tanes, pero al mismo tiempo un activo que lo proyecte como nación exitosa y es a partir de las exportaciones de Gas que lo ha venido logrando y más aún, con su alianza estratégica con la República Popular de China (RPCH), por medio de la Organización de Cooperación de Shanghái, de la cual, por cierto, en esta semana, se ha sumado la República Islámica de Irán.

En este recuento no se debe dejar de lado, lo que han venido consolidando la RPCH primero su vinculación con occidente a través de la maquila y el desarrollo tecnológico y ahora con capitalizar a diversos órganos de las Naciones Unidas (que en su momento fueron abandonados por EEUU), lo que le permite tener influencia en una bastedad de naciones, aunado a su política de simulación de cooperación internacional altruista en África, Sudamérica y el Sudeste Asiático, como también en algunas naciones del Golfo Pérsico. Con esta estrategia en favor de su política exterior, la acción diplomática que lleva a cabo el gobierno de Beijing ha estado construyendo su propia narrativa de lo que debe ser un liderazgo internacional.

Por estas y muchas más razones, el gobierno de Joseph Biden, ha ido estableciendo un modelo para sostener su liderazgo internacional al que le ha llamado de manera inequívoca de multilateral, para sumar a diversas naciones a compartir responsabilidades para el mantenimiento de la seguridad global, el primera instancia es el QUAD con la India, Japón y Australia y sumando a socios preferenciales europeos como Gran Bretaña y Francia, en fechas recientes el AUKUS, con Australia y, Gran Bretaña, que si bien ha generado una confrontación directa con Francia por la pérdida de un contrato multimillonario de la empresa Naval Group, seguro en las platica que tendrán Biden y Macron deberá prevalecer un interés binacional especial: mantener encerrada a la RPCH en el Mar Meridional de China.

Estas experiencias son fundamentales para el debido entendimiento de lo que es la política exterior de una nación, no es dirigida por los intereses grupales de partido, es dirigida por los intereses históricos, por las necesidades de un eficiente desarrollo nacional, como también, para establecer con claridad la vigencia y validez de un Estado ante el concierto internacional.

Lo que aconteció el fin de semana pasado con la reunión de la CELAC, fue todo lo contrario a lo que las lecciones de las potencias nos han demostrado, pero también a la tradicional política exterior que se construyó a costa de guerras, intervenciones, ajustes y de tener en claro que el liderazgo se ejerce con inteligencia, sagacidad y atendiendo el momento y las coyunturas históricas del tiempo-espacio, así lo entendieron los gobernantes mexicanos que identificaron la importancia de la creación de la OEA al principio de la Guerra Fría, como también de los que impulsaron el Grupo de Contadora y de Esquipulas, como también quienes impulsaron las Cumbres Iberoamericanas, el Grupo de Río y que decir del MICTA y de la Alianza del Pacífico y ante todo, la joya de la corona: el TLCAN. Hoy tenemos dos políticas exteriores la de palacio nacional y la de la cancillería, chocando entre sí, desdibujando a la nación que necesitamos en el siglo XXI.