“Madres, en vuestras manos tenéis la salvación del mundo”. 

León Tolstoi

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Son infinitos los motivos para reconocer y celebrar el Día de las Madres, no sólo cada año, sino siempre: Mamá, cómo externar la manera en que la maravillosa vida me permitió elegirte o quizá haya sido al revés…Desde la primera vez que abrí los ojos sentí tu enorme amor y el reto de traerme a tu vida. A pesar de los momentos difíciles, tú ejemplo y amor forjaron mis principios. Gracias por permitirme nacer.

Sabes, en las victorias y fracasos me levantaba con emoción e iba en busca que nuestras manos se estrecharan fuertes como cuando guiabas mí andar. Poco a poco tú presencia fue quedando un poco atrás…tú ejemplo, disciplina, la expresión de tu rostro firme y la mirada llena de orgullo, fueron mis mejores alicientes para continuar. Gracias por observar mi sendero mamá.

 

Aún recuerdo que junto con mis palpables cambios físicos, en la búsqueda de respuestas, originaron un constante cuestionamiento respecto a situaciones que me inquietaban, hasta rebelarme en busca de aceptación. Entonces comprendí que ya no requería una andadera para avanzar. En esta etapa identifiqué que un horizonte se vislumbraba para enfrentar retos y anhelos…decidí que tenía que iniciar mi propio camino. Admito que extrañaba tu protección. Sin embargo, gracias por dejarme caminar.

Con el paso de los años -en aras del progreso-, las vicisitudes de la vida ocuparon el tiempo, los pensamientos y acciones distrajeron mis atenciones a tu persona, sin embargo el corazón recordaba con cariño los brazos donde encontré el regocijo, calor y apoyo. El ser humano no entiende el amor, al menos que encuentre a alguien con sentimientos desinteresados, puros y limpios como tú. Gracias por entenderme mamá.

Creo que nunca te compartí que en tu mirada, encontré el reflejo de dios. Mamá, con tus enseñanzas aprendí a enfrentar el complicado entorno, los tropiezos y las consecuencias de los actos que ahora son mi responsabilidad. Siempre serás mi maestra de vida…me inspiraste a buscar cada día mi mejor versión.  Aunque no recuerdo los detalles infantiles, presiento que fui lo más valioso para ti y por lo que vale la pena vivir. Con cariño y paciencia inusitada me inculcaste respeto y educación. Gracias por siempre cuidar mis pasos.

Ahora la sombra de tu amor me persigue y camino solo (a). Aunque no estamos juntos, y no te pueda abrazar, tu sonrisa lejana, y ojos tristes me observan, admito que con vanagloria y orgullo, sentimiento que me invita a continuar en esta experiencia llamada vida. Cuando llegue al final de mis días, sé que estarás ansiosa esperándome para curar las heridas de mi alma y consolarme… terminé la tarea, ¿puedo salir a jugar? Gracias mamá.

Facebook: Escritor Gonzalo Romero

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