A nadie debe sorprender que en un escenario abierto, como un estadio de béisbol o de fútbol, un presidente mexicano sea abucheado.

Y es que el anonimato de la gradería es el mejor aliado de quienes cobran una pequeña venganza contra el símbolo del poder; cualquiera que sea el poderoso.

Así, el abucheo persiguió a Gustavo Díaz Ordaz, a Luis Echeverría, a López Portillo y a Miguel de la Madrid, en los tiempos de la presidencia imperial, pero también fueron abucheados Felipe Calderón y hoy López Obrador, en la etapa de la naciente democracia mexicana.

En realidad el problema no es el abucheo –en las últimas 36 horas AMLO fue abucheado en tres ocasiones–, sino lo rápido que se ha producido el descontento popular, en el caso del actual presidente mexicano.

Como saben, López Obrador fue abucheado al inaugurar el estadio de béisbol en la Ciudad de México, pero horas antes había sido abucheado en Guerrero y más tarde cuando un grupo de niños con cáncer lo interceptó y los familiares de los menores exigieron a gritos ser escuchados.

En el último caso resultó grosera y ofensiva la insensibilidad del equipo de López Obrador, ya que hasta sus escoltas vitorearon al presidente para intentar callar el reclamo de los menores afectados por cáncer.

Ya antes se habían experimentado hechos similares. Circula un video en redes –que se convirtió en tendencia–, donde un intolerante López Obrador regaña a gritos a un grupo de mujeres que exigen reabrir las guarderías.

En otros casos ya es notorio el enojo de viajeros en distintos aeropuertos y de la tripulación de aviones comerciales en los que viaja el presidente, al extremo de que se han reportado casos de pasajeros que prefieren cambiar su vuelo al enterarse que viajarán López Obrador.  

Pero el abucheo mayor y más ruidoso –y porque resultó imposible ocultarlo–, se produjo en el estadio de béisbol inaugurado por López Obrador el pasado sábado. Pero también es la mayor señal de que algo no anda bien en la comunicación del presidente con los ciudadanos.   

Y sin duda que la gritería casi general contra Obrador debió prender los focos rojos en el equipo responsable de la imagen y la comunicación del presidente. ¿Por qué?

Porque el nivel de desgaste de la imagen presidencial rebasó todos los pronósticos imaginables.

Resulta alarmante que a solo 120 días de iniciado el gobierno ya sean públicas y reiteradas las expresiones de rechazo, abucheo y, sobre todo, el preocupante ¡fuera, fuera, fuera..! que le recetó el estadio a un presidente que, cual adolescente enojado –enchilado por el repudio general–, reacciona como es su costumbre, con el insulto de que “es la porra fifí”.

Pero no, a un estadio de béisbol suelen acudir ciudadanos de todas los niveles sociales; en especial clase media y media baja, esa clase social que –según los encuestadores–, adoran al presidente.

El fenómeno, en realidad puede ser resultado del enojo colectivo que se contiene en casi todas partes –por temor a ser reprimidos por una supuesta mayoría lopista–, y que en el anonimato del estadio se expresa sin ninguna contención.

Muchos han experimentado, por ejemplo, la paliza de los bots lopistas en redes, a una sola insinuación de disenso. Es decir, criticar al presidente en redes sociales tiene como resultado una furiosa reacción de fanáticos. En cambio, el anonimato del estadio es el escenario ideal para la expresión de un rechazo contenido que en otros lugares no se produciría.

Pero acaso lo más revelador de los abucheos sea la saturación de la imagen presidencial. Y es que a causa de la terquedad del presidente, los ciudadanos tenemos a López Obrador en el desayuno, la comida y la cena, lo que ya empieza a cobrar facturas.

Peor aún, si se analiza más a fondo el fenómeno de los abucheos y se contrasta con la caída de la simpatía presidencial en redes –distintos estudiosos del fenómeno de las redes dicen que el interés por el presidente cayó casi 70%–, estaríamos asistiendo a un inédito mundial; a la autodestrucción presidencial.

Sí, el abuso en la imagen de López Obrador está destruyendo al presidente Obrador. ¿Serán capaces de entenderlo?

¡Se los dije!