Desde siempre me he declarado orgullosamente anti-feminista, esto no es ninguna novedad. Y desde siempre he demostrado que el feminismo (que se suele enmascarar con el término “perspectiva de género”) no es más que una ideología reduccionista, maniquea, retrógrada, dogmática, anti-científica, totalitaria, androfóbica, violenta, vandálica, gansteril, sectaria, traumatogénica, victimista y chantajista…

Se trata de una mitología política que, al igual que el socialismo en su momento, ha logrado incrustarse en el espacio público gracias a las promesas de un “mundo mejor”. Y, al igual que el socialismo, se presenta con frases en torno a la igualdad y la justicia. ¿Quién no va a aceptar algo así, de primera instancia?

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Pero, debajo de su careta, el feminismo se constituye como una seria amenaza para los cimientos de la Modernidad, sobre todo para la democracia, la ciencia y la economía de libre mercado.

El feminismo es una clara forma de totalitarismo, y quien no lo alcance a ver de esta manera es por estupidez, candidez o complicidad. Se trata de un totalitarismo que ha avanzado a través de la intimidación hacia las instituciones públicas y hacia la sociedad, tal como pudimos constatar el pasado viernes 16 de agosto, cuando diversas sectas feministas incurrieron en múltiples delitos al amparo de autoridades públicas irresponsables y omisas y, por ello, también delincuentes: delitos de comisión por omisión.

Con sus pésimos argumentos, las feministas simplemente no convencen a nadie: la mitología feminista está llena de falacias, sesgos cognitivos, dogmas, vicios epistemológicos, etc. Y, aun así, han sabido ejercer presión sobre los grandes tomadores de decisiones de las esferas públicas y privadas, para que éstas terminen asumiendo como propios los despropósitos de las sectas feministas.

Y si no sucede de esta manera, pues allí está el método fascista, nazi y comunista del pandillerismo político, tal como lo vimos el pasado viernes 16 de agosto. ¡Increíble que haya gente que no perciba el carácter totalitario, anti-democrático, de las ideas y prácticas políticas que nutren al feminismo!

Claro, como yo soy un abierto defensor del Proyecto de la Modernidad, siempre me he opuesto al feminismo: así consta en mis múltiples artículos periodísticos en El Arsenal y en Contrapeso Ciudadano. Además, siempre he hecho crítica ácida y hasta mofa del feminismo a través de las redes sociales Facebook y Twitter.

Mis posturas siempre han sido públicas y abiertas, y cuando las feministas o sus eunucos (los “aliados”, los “feministos”, los “manginos”) se han metido a comentar mis publicaciones, siempre han salido ridiculizados y con el rabo entre las patas: vaya, carecen hasta de los conocimientos más elementales de la lógica y del debate.

Y como nunca han podido rebatir mis argumentos, recurren a atacar a mi persona, incluso con infundios, difamaciones, falsedades, calumnias, etc., casi siempre desde el anonimato cobarde y ruin.

Obvio, siguiendo el espíritu de la psicosis inquisitorial del #MeToo, así como la metodología propagandística del nazi Joseph Goebbels, siempre me andan lanzando acusaciones de “acosador sexual”; obvio, todas sin pruebas, porque no se puede probar lo que no existe.

Y, también obvio, yo las he dejado en ridículo al demostrarles que: a) ni siquiera saben cómo está definido ese delito en los códigos penales, y b) que el “acoso sexual” es uno de los delitos más fáciles de probar dada la reiteración de la conducta delictiva y el avance de los gadgets en la Era de la Información. Hasta un artículo escribí al respecto, pero, al parecer, las feministas tienen estándares muy bajos en aquello de la comprensión de lectura.

Vaya, las feministas carecen hasta de la más elemental racionalidad científica y, por ello, mejor me aplican su consabida letanía de descalificaciones planfletarias de protesta vandálica: “machista”, “misógino”, “patriarcal”, “androcéntrico”, “machirulo” y bla bla bla.

Pero aun así, y en aras justamente de defender los cimientos de la Modernidad, reto públicamente a las feministas a debatir en torno a su mitología vulgar y barata, para demostrarles cara a cara sus reducciones al absurdo, contradicciones, falacias, errores garrafales, callejones sin salida, incongruencias, etc.

La sociedad moderna nació al calor del debate, de la polémica, que es justamente lo que siempre rehúyen las feministas, porque ellas están hechas para sociedades totalitarias de pensamiento único y aparatos represivos de Estado.

Por eso el presente reto: debatir en condiciones de equidad, con un moderador profesional, frente a las cámaras, sin ediciones, uno a una, sin auditorio in situ (para que pesen los argumentos, no los aplausos ni los abucheos), con una agenda temática concertada entre ambas partes…

Contrapeso Ciudadano ya ha hecho el ofrecimiento de su espacio mediático, pero sin duda se aceptan otras propuestas, así que sólo estamos en espera que alguna feminista acepte el reto.

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