Durante décadas y, sobre todo a lo largo de su campaña presidencial, López Obrador engañó a millones de electores con el espantajo de que, al llegar al poder, ordenaría una suerte de purga contra los ex presidentes.

Se daba el lujo, incluso, de citar a cada uno de los ex mandatarios y de señalar presuntos o imaginarios delitos. Los culpaba, sobre todo, por el imaginario delito –inexistente–, de imponer en México el modelo económico neoliberal, con todo lo que eso significara, porque el propio Obrador nunca ha sabido qué significa

De esa manera, el juego de “la justicia a la carta” –que por años prometió López Obrador–, le resultó altamente rentable al eterno aspirante presidencial quien repetía en plazas y mítines que llevaría a prisión a Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

La engañifa desataba delirantes carretadas de aplausos entre una prole enardecida que, de esa manera, veía convertido en realidad el rencor incubado durante décadas por un político que todo cuestionaba pero que, en los hechos, nunca tuvo respuestas claras para ninguna de sus promesas.

Pero un buen día –apenas la semana pasada–, el perdonavidas del Estado mexicano “amaneció de buenas” y, de un plumazo, desapareció los horrendos crímenes por los que llevaría a la pira a los ex presidentes.

Entonces decidió el perdón de todos los pecados, los reales y los imaginarios, de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña.

El “gran señor” bajo del pedestal y sapiente proclamó que habían acabado todos los pecados y que era suficiente con haberles quitado las pensiones y los guaruras a los ex presidentes.

Y así, como un gran espectáculo de circo, terminó la persecución a los ex presidentes. La renta político electoral que generó ya no era necesaria.

Y, como era de suponer, la prole vitoreó en la plaza pública y en las “benditas redes”; aplauso en agradecimiento porque el perdonavidas volvió a mostrar su talente humanitario. Perdonó a la mafia del poder.

El mismo perdón que todas las semanas prodiga a los gobernadores opositores a los que manda abuchear en la plaza pública; idéntico perdón que regala a empresarios a los que por la mañana sataniza y por la tarde santifica.

Idéntico perdón al que le regaló a Enrique Krauze el pasado lunes, a quien satanizó, contra quien lanzó la jauría enloquecida de las redes y a quien su “Mastín” preferido –Santiago Nieto–, amenazó en el monólogo de las mañanas.

A Krauze le inventaron –igual que a muchos, incluidos nosotros–, ser parte de un supuesto complot contra el entonces candidato presidencial.

A Krauze le mandaron una paliza en redes, en donde lo insultaron y ofendieron y difamaron.

A Krauze lo amenazaron con una supuesta persecución fiscal, para que aprenda y se entere que con López Obrador no se juega.

Y a Krauze le dedicaron ofensivos trazos los perros más rabiosos del “lopismo”; los caricaturistas a sueldo.

Pero luego de casi una semana de dentelladas y amagos, el perdonavidas dijo que Enrique Krauze tiene derecho a criticar y que su gobierno no perseguirá a ninguno de los escritores, por lo que piensan y dicen.

¿A quién le importan las libertades, los derechos y la democracia, si el perdón divino llegó?

Y se repitió la historia. Aplaudieron los aplaudidores a sueldo y una mano amiga decidió amarrar a los perros rabiosos que, babeantes, esperaban la orden para despedazar a su presa.

¿Es el presidente mexicano o el perdonavidas del Estado?   

 Se los dije.