Queda claro que el “presidencialismo”, que fue un obstáculo para la democracia mexicana, se está reestableciendo y con fuerza. Con las acciones del titular del Ejecutivo federal y de la mayoría en el Congreso de la Unión, parece que el sistema político mexicano retrocede décadas para situarse en los años setenta.

Andrés Manuel López Obrador es, quizá, la figura más destacada en los últimos veinte años en el sistema político mexicano. Escribo específicamente esto, por su persistencia para llegar a la presidencia de la República y su presencia a lo largo de tres sexenios. Por ejemplo, una de las figuras importantes de la transición democrática mexicana fue Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, cuyo liderazgo político inició en 1985 y se fue eclipsando a partir del 2000.

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El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) es la construcción de Andrés Manuel y el Movimiento gira en su entorno. Pese al intento de construir otras figuras, éste sigue y seguirá alumbrando el camino del de Regeneración Nacional. Su liderazgo es evidente y, hasta, sus decisiones tienen impacto, a nivel nacional, en todas las estructuras del movimiento.

Su capacidad para comunicar y para generar identidad con ese sector de la población que fue marginado durante décadas, lo mantiene en niveles de preferencia muy altos. La conferencia matutina es, de hecho, propaganda dirigida a su público, no al conjunto de los ciudadanos.

En muchas ocasiones, López Obrador ha señalado que es el presidente de la República al que más se le cuestiona. Él, que afirma saber mucho de historia, manipula los tiempos porque el de Enrique Peña Nieto fue uno de los sexenios más cuestionados dado el ascenso que las redes sociales tuvieron y la “guerrilla” que los grupos cercanos a Morena promovieron.

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Pero también es el presidente de la República al que las mentiras le sientan bien y es el personaje político, aunque hay muchos, que no se retracta ante los errores, las omisiones, las mentiras, verdades a medias, o hasta las contradicciones que exhibe con su gabinete.

De acuerdo con el “Taller de comunicación Política, SPIN”, que analiza las conferencias matutinas del presidente de la República, al 31 de agosto, en 1,005 días de gobierno, se realizaron 684, y había expresado 61,079 afirmaciones no verdaderas (89 diarias en promedio). Agrega Spin que López Obrador llevaba 771 días sin entregar el análisis sobre salud al que se comprometió.

En primera instancia, lo que podemos ver es que el nivel de mensajes que emite el presidente de la República es abrumador frente al que tenían los presidentes en sexenios anteriores. Y aquí una primera falacia: de acuerdo con él, la conferencia matutina es rendición de cuentas, claridad y honestidad. Con tantas afirmaciones no verdaderas, evidentemente es propaganda, no es información.

En segunda instancia, la presencia de medios de comunicación especializados y profesionales es muy baja y está acotada a lo que decida su jefe de prensa.

Pero las anteriores afirmaciones son las que ve un grupo de la sociedad, un sector de quienes participan en la política, no es lo que ven los ciudadanos de a pie, esas ciudadanas y ciudadanos que votaron a favor de dejar un pasado que consideran corrupto y deshonesto.

Las conferencias matutinas de Andrés Manuel son exitosas porque: le habla a la gente, repite las mismas consignas de honestidad y lucha contra los corruptos, recurre a lugares comunes del lenguaje del “pueblo bueno” y tiene a una oposición, que, en su mayoría, atiende toooodo lo que él dice.

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Sí, parece paradójico, pero es la oposición –en su mayoría- quien ha fortalecido la imagen de Andrés Manuel López Obrador al intentar rebatir sus mentiras.

Al escucharlo pronunciar afirmaciones contundentes, que, evidentemente son mentiras para quienes tienen conocimientos sobre los temas, me he preguntado: ¿cómo se desmonta la figura de un mitómano? ¿Cómo desmontaríamos a un amigo, vecino, compañero, que es mitómano?

A Andrés Manuel López Obrador, le interesa mucho la exposición ante los medios de comunicación. Él está cree, de verdad, que está llamado a cambiar al país, es el iluminado y a ese tipo de personalidades le gustan los reflectores y sin ellos muere.

Y recordemos que Andrés Manuel López Obrador creció y aprendió políticamente en un sistema político donde la verdad y la mentira son instrumentales. Es decir, creció utilizando las mismas formas del sistema político que tanto afectan a la democracia. La verdad o la mentira son utilizadas por el político.

Y es también, Andrés Manuel López Obrador la figura política sobre la que las encuestas trazan diariamente la ruta de su preferencia. No hay día en que no se elabore una encuesta para saber en qué nivel se encuentra. Y la oposición las cuestiona, se alegra cuando baja unos cuantos puntos, promociona la caída de la figura, pero al hacerlo lo promociona.

Las encuestas de popularidad están trabajando a favor de Andrés Manuel López Obrador, porque son las principales replicadoras de la imagen de un personaje que le habla a la gente, con mentiras, pero le habla con un lenguaje comprensible y asimilable.

Y ahora, en ese cúmulo de encuestas que promocionan al presidente de la República está ocurriendo una transición, esa transición involucra a las y los precandidatos de Morena a la presidencia de la República, especilmente a la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

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Olvidemos los logros reales, las mentiras no comprobables van a seguir permeando el discurso y fortaleciendo el presidencialismo en el que Andrés Manuel López Obrador se siente cómodo. ¿Quién puede debatirle las mentiras? ¿Quiénes tienen “calidad moral” para refutar sus mentiras?

¿Cómo desenmascaramos a un mitómano frente a su público? No es con la baja de puntos en una encuesta.