El presidente ha dicho que no le cumplen los servidores públicos de su elefante reumático. Lo mismo entregan cheques de cartón que retrasan la entrega de apoyos; los proyectos no avanzan al ritmo que desea y no puede seguir culpando al pasado de lo que hoy ocurre. Unos pocos dislocan la vida capitalina, se entrega la plaza a quien la quiera.

No debe ser fácil convivir con tantos y no poder conversar a conciencia con nadie. Permanecer en supuestos dispositivos de comunicación y no encontrar los verdaderos pensamientos. Estar con quien quiere estar y no lograr el acuerdo deseado, le dan el avión y no logra aventurarse en la profundidad del alma. Y menos aún provocar el movimiento incesante, del efecto reproductivo y de cascada social. Del cambio en el poder, una simple presión, un quítate tú para que lo ponga yo.

Angustia y desesperación ante la paradoja. Triste mirar cómo el tiempo se va, fluye y se escurre, sin lograr materializar ninguna idea. Desesperante es que no entiendan lo que se dice, que no sigan el ritmo del pensar y el hacer, de los límites del decir. Que todo quede en retórica pueblerina.

Difícil tener que explicar día a día, a toda hora y en todo lugar lo que se desea, es la condena del que habla en medio del desierto, del que hace surcos en el mar, construye castillos en la arena y dibuja las formas en el viento, pretendiendo que el fuego mismo logre la cocción del mantra dicho. Sea el refranero conocido o los edictos públicos de su buena conciencia.

Las resonancias de los dichos, de las medias verdades, de las falsedades y mentiras calculadas, como formas provocadoras, siguen confundiendo a propios y extraños. No genera confianza.

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El gran comunicador no cuaja en la otredad. Sólo los beneficiarios esperan la entrega de la carroña abandonada.

Los que huelen el humor político aprovechan la confusión que provoca el discurso del odio para llevar agua a su molino. Para mover las aspas que airean el pasado sin explicación y son justificación de la nada, la violencia, la inseguridad, la ruptura del orden social, del acoso y el feminicidio, del insulto institucional, de la injusticia y el dolor de las víctimas y de sus familias.

Difícil construir un proyecto cuando se busca la destrucción de lo existente, sin saber el qué y el cómo. Sin propuesta comprensiva más allá del ditirambo político.

La soledad y falta de claridad y precisión del que gobierna lleva a sus intérpretes a cobijar sus intereses, que pretenden sea la respuesta que tergiversa la idea que sale de palacio.
No hay plan que valga, ni idea que avance si no lleva el sello de palacio y ello limita la expansión del proyecto. Sus mercachifles no tienen la misma vena y savia del discurso solitario palaciego.

Es así como este discurso desaparecerá en la caída solitaria de la tarde, será un pestañeo en la historia que se arrumbará en el sótano de las antigüedades pueblerinas.
El solitario de palacio desea desaparecer el buen mundo viejo y no se da cuenta que él pertenece ahí.

Nadie desea el fracaso, aunque la necedad favorece una necesidad falsa o absurdo. Qué soledad tan fría, tan ajena, tan sola.