Los líderes populistas permanentemente están contribuyendo a crear un ambiente de dramatismo que se inserta en todos los vasos comunicantes de las sociedades.

Cuando se encuentran en la oposición, sus discursos buscan contribuir a la permanencia de un contexto en donde solo existe el infortunio y la fatalidad, y es en esas circunstancias llevadas al límite, cuando buscan aparecer como los únicos que pueden salvar a la Nación del precipicio. Los populistas como López Obrador, buscan crearle a su acción política un contexto de epopeya para generar entre la gente la idea de que solo ellos, los caudillos, pueden evitar la gran tragedia nacional. Por eso mismo, los líderes populistas son capaces de suscitar las mayores expectativas de solución inmediata a los grandes problemas del país; capaces de hacerle creer a la gente que, con su sola voluntad, les llevaran a la tierra de donde mana leche y miel.   

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Pero, ciertamente, pueden generan esas esperanzas, pero nunca han podido realizarlas.

En el poder, los líderes populistas, generalmente devienen en estrepitosos fracasos, y es entonces,  que su acción del gobierno y sus recursos se concentran en tratar de explicar las causas de su naufragio. Pero desde luego, en esas explicaciones, nunca serán ellos mismos los causantes de sus fallas, nunca será su propia incompetencia, nunca la insolvencia de sus propuestas.  En sentido diametralmente opuesto, la causa de sus fracasos será, invariablemente, «el pérfido enemigo que amenaza la integridad de la patria».

En ciertas circunstancias y en determinados momentos, ese pérfido enemigo del pueblo será fundamentalmente externo, y en otras condiciones, será principalmente interno. Pongamos el caso de Donal Trump, que en ciertos momentos localiza en el oso ruso,  o en el dictador coreano, o en México, o en los musulmanes, al enemigo que pone en riesgo el modo de vida estadounidense. Pero con otros escenarios, el enemigo que maquina y ataca será interno, y la gama de los enemigos internos es bastante amplia para escoger entre los demócratas, los medios de comunicación, los propios periodistas, los artistas, las universidades, etc, etc.  

Este patrón de comportamiento de Trump, Maduro, Daniel Ortega, es el mismo que sigue López Obrador. Durante la pasada campaña electoral los enemigos principales del pueblo mexicano eran la minoría rapaz, la mafia del poder, el ejército, los políticos corruptos, los traidores a la patria, los medios de comunicación, los articulistas, los camajanes, etc., etc. Y todos eran tan difusos, tan imprecisos, que dependiendo de la circunstancia escogía a cualquiera de ellos.

Ya como presidente (AMLO es en realidad el presidente en funciones) ha cambiado de enemigos, simplemente porque eso es lo que le conviene pragmáticamente, y ahora enfoca sus virulentos ataques hacia los gobernadores, la Corte, los periodistas independientes, los partidos de la oposición, y todos aquelos que disientan de sus ocurrencias.

Ciertamente, López Obrador cumple con su propósito de rodear la acción de su gobierno de un halo de drama. Pero el drama se está significando por la ambición del poder absoluto, del que no conoce límites, ni equilibrios,  ni contrapesos. El drama de nuestro país continúa con el nuevo gobierno que hace gala de su necedad, que se ufana de sus imposturas, que se recrea de su autoritarismo.

Jesus Ortega Martínez

@jesusortegam

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