El engaño del simbolismo

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Son muchas las lecturas que se desdoblan del día de la toma de posesión del presidente de México que podríamos detenernos en analizar diversos aspectos: desde los asistentes al acto protocolario, el discurso acuciante y digresivo al que recurrió,   los organismos autónomos ausentes, la perorata anti neoliberal esgrimida curiosamente por un hombre que se proclama liberal, o cualquier otro que conlleva interpretaciones y simbolismos; sin embargo, ninguno de éstos importan tanto como el que López Obrador hizo rugir en la mayor plaza pública del país en el zócalo de la Ciudad de México:  el misticismo de su gobierno es la arteria aorta de la nueva política nacional.

Como candidato lo vimos complacido en recibir las bendiciones, rezos o limpias espirituales que sus simpatizantes le otorgaban a su paso. Ahí estaba López Obrador: un hombre que sabía aquilatar la riqueza de esos regalos y cuya figura de invocación aunque fuera incognoscible para muchos, sí tenía la intención de  transportar en abstracto el mensaje principal: él era el elegido.

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Aunado a esos recursos espontáneos, la campaña de López Obrador tuvo un marcaje particular de narrativas místicas  que se propalaron entre la aceptación, el asombro y el cotilleo por lo que representan en la diversidad, aunque por su naturaleza deberían ser particularísimas cuando se ostenta o se pretende ejercer una función de Estado.  Supimos por ejemplo, de ese poder aún indescifrable, al menos para mí, del significado de escribir en redes sociales los números 11:11 al que solía recurrir su coordinadora de campaña Tatiana Clouthier. También conocimos la existencia de los aluxes, esos seres a los que  la entonces futura Secretaria de Medio Ambiente, Josefa González Blanco les encomendó el desempeño de su candidato.

Ya como presidente de México, López Obrador se hincó ante pueblos indígenas para recibir el Bastón de Mando, convirtiéndolo en el primer mandatario en recibirlo. Sabedor de ese simbolismo y sus potentes significados, emergidos de una tierra diversa, multicultural y preciosa como la nuestra, el presidente sembró la advertencia ante los pueblos originarios:     “no me dejen solo porque sin ustedes yo no valgo nada, o casi nada, no me pertenezco, soy de ustedes, del pueblo de México” y justificó: “…sin ustedes, los conservadores me avasallarían, pero con ustedes, me harán lo que el viento a Juárez».

Parece cosa menor pero no lo es.  Su postura que usa como escudo de protección se traduce en los hechos, como un recurso maniqueo   de conseguir el respaldo moral de las distintas creencias que confluyen en el país; no lo que pretende hacer creer: el reconocimiento cultural de nuestros pueblos indígenas, y  de las distintas creencias que cada mexicano tiene el derecho de ejercer.

Para rematar, Porfirio Muñoz Ledo escribió que López Obrador “Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”, y aunque deslindó  el mensaje de sus actos y deberes como presidente de la Cámara de Diputados, no deja de escandalizar su postura.

Le vendría bien al presidente de México y a su gobierno  no perder de vista que uno de los máximos legados de Benito Juárez al que continuamente alude, es haber separado la iglesia del Estado; también y sobre todo, que los pueblos indígenas le han otorgado lo mejor de sí mismos: la integridad y la riqueza de su esencia.

Solo en una cosa tuvo razón el presidente de México el día en que tomó el mando del país y en el que evidenció los temores que lo nutren.  Ya no se pertenece, no, en el sentido estricto de su investidura.

López Obrador se debe en sus actos públicos a la laicidad que le obliga la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Que no lo olvide y nosotros tampoco.