En una de las mejores páginas de la literatura histórica y política, Martín Luis Guzmán escribió en La sombra del caudillo un diálogo entre dos de los candidatos a la presidencia de la República. En él, el poyado por el Caudillo duda que su contrincante sea sincero al afirmar que no pretende la silla presidencial. “Mi primera razón para no creerte es que no veo la causa que te obligue a rechazar una candidatura que, según tú mismo afirmas, te ofrecen de todos lados”, dijo contundete Jiménez, Secretario de Gobernación.

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Los dos personajes son protagonistas de una lucha entre militares por la candidatura presidencial en México. En la vida real, la historia se cerró en Huitzilac, Morelos, donde fueron asesinados los generales y civiles que se oponían a la sucesión presidencial decidida por Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

La primera mitad del siglo XX vio a los militares/Caudillos disputando abiertamente el poder político y utilizando las armas para obtenerlo o para amagar y presionar. Quizá uno de los enfrentamientos más directos fue la candidatura de Juan Isidro Andreu Almazán por el Partido Revolucionario de Unificación Nacional (apoyado por el Partido Acción Nacional) contra el candidato del Partido de la Revolución Mexicana, Manuel Ávila Camacho. Uno era Jefe de Operaciones de la Zona Militar de Nuevo León y, éste último, Secretario de la Defensa Nacional.

Fue durante el sexenio de Ávila Camacho cuando el Partido de la Revolución Mexicana eliminó de sus sectores al Militar y fortaleció, como lo había hecho Lázaro Cárdenas a otros sectores, el campesino, el obrero y creó el popular, con lo que la transición para dejar atrás a los Caudillos y pasar a la lucha civil por el poder se fortaleció.

El lunes 1 de julio del 2019, justo un año después de su victoria electoral, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, afirmó, en una entrevista con el periódico La Jornada:

«Si por mí fuera, yo desaparecería al Ejército y lo convertiría en Guardia Nacional, declararía que México es un país pacifista que no necesita Ejército y que la defensa de la nación, en el caso de que fuese necesaria, la haríamos todos»

Hoy, el Ejército mexicano no ha desaparecido. Es más, la Guardia Nacional dependerá del Ejército y éste es el socio fundamental del presidente de la República. Los datos están ahí y son los de la opacidad. De acuerdo con la Auditoria Superior de la Federación, encontró irregularidades en el gasto de la Secretaría de la Defensa Nacional por 246 millones de pesos en el primer año de gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Mientras que, en el discurso, el presidente de la República afirma que su principal aliado es el “pueblo bueno”, su cómplice es el titular de la Secretaria de la Defensa que no se detuvo para afirmar que: “Para nosotros es un timbre de orgullo poder contribuir a la transformación que se está viviendo, las bases están sentadas y se avanza con paso firme en el proyecto de nación que usted ha impulsado las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional vemos en la transformación que actualmente vive nuestro país, el mismo propósito de las tres primeras transformaciones: el bien de la Patria, como mexicanos es necesario estar unidos en el proyecto de nación que está en marcha, porque lejos de las diferencias de pensamiento que pudieran existir nos une la historia, el amor por la tierra que nos vio nacer y la convicción de que sólo trabajando en un mismo objetivo podremos hacer la realidad de México, esta realidad que cada día sea más prometedora”.

Está claro que el Secretario de la Defensa hace campaña a favor de la cuarta Transformación, aunque legisladores como Ricardo Monreal nos quieran vender una falla en la interpretación de lo dicho. En política no hay casualidades, accidentes o errores de interpretación en los discursos escritos por los militares.

En Latinoamérica, las relaciones de los presidentes de la República con el Ejército siempre han sido complicadas y la ausencia de un margen de separación no ha conducido a resultados óptimos.

Es paradójico que Andrés Manuel López Obrador cuestionó a Felipe Calderón por el uso de la institución militar para hacer frente al narcotráfico y ahora lo tenga como socio, un socio que da abrazos y construye obras, las obras emblemáticas del presidente de la República.

Días después de que Felipe Calderón Hinojosa utilizara el uniforme del Ejército mexicano, en un artículo publicado en Reforma (05/01/07), Rafael Segovia escribió:

“El presidente no necesita tales disfraces, antes bien dañaría su imagen pues tras un largo período de generales presidentes, uno de los principios del sistema político mexicano es el dominio del poder civil. La inmensa popularidad de Miguel Alemán cuando asumió la Presidencia es ser un presidente civil. Quienes se opusieron posteriormente a los presidentes civiles fueron en algunos casos los militares, lo que fue un elemento en su contra”.

El presidente de la República no ha disminuido la violencia en el país, desde que inició su gobierno, en México hay 96 asesinatos diarios; 106,097 hasta el día de hoy, sin contar los feminicidios y demás.

El presidente de la República no ha pacificado el país, pero le abrió la puerta al Ejército mexicano para que haga política. Ahora sí, la idea de desaparecer al Ejército parecería adecuada.