México. Desde que el Gobierno de la Cuarta Transformación entró a la administración del país, se han llevado a cabo las famosas “mañaneras” encabezadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador, en las que domina el discurso del mandatario, colocando en la agenda los temas que él mismo selecciona; el resto del tiempo, es un espacio supuestamente dedicado a comentarios y preguntas de sus interlocutores.

De acuerdo con la columna del periodista Raymundo Riva Palacio, en un principio, el primer mandatario empleaba ese espacio mediático para “ajustar cuentas” con individuos, sectores de la población, criticar a empresarios y empresas,  juzgar periodistas y medios, políticos de oposición, “utilizando el terror como método de sumisión”.

Posteriormente, la dinámica de tener al presidente por aproximádamente una hora y media al día, respondiendo preguntas, se vio aprovechada por varios de los interlocutores (periodistas), quienes, de acuerdo con Riva Palacio, más allá de sacar ventaja en el ámbito de lo “informativo”, optaron por “lanzar lisonjas sin pudor a López Obrador, y hacerle preguntas a modo para que pueda ajustar alguna cuenta pendiente, enfatizar en una idea o desviar la opinión pública de un tema incómodo”.

“Ahí era donde se encontraron las ventanas de oportunidad. Si el Presidente respondía cualquier pregunta, ¿habría manera de controlar las preguntas que pudieran afectar a una persona o a una empresa? ¿Podría haber censura previa de esas preguntas?”

Riva Palacio asegura, que existen por lo menos dos casos que han trascendido, en los que, entre los interlocutores se encuentra a alguien que durante “las mañaneras” hace preguntas con las que pretende “hacer un control de daños y minimizar la crisis” que se podría desatar a raíz de algún comentario negativo de López Obrador.

“Por 200 mil pesos hubo personas que asisten todas las mañanas a la comparecencia del Presidente, que aceptaron la tarea de contrapreguntar –en el entendido que quien temía que iba a ser balconeado de manera negativa, les entregara un menú de respuestas ante probables preguntas”.

 El columnista explica que el pagar por hacer este tipo de “contrapreguntas” se intenta favorecer la existencia de estas estrategias; sin embargo, no ha resultado como el presidente lo espera, ya que los interlocutores pagados han encontrado la vulnerabilidad en estos eventos:

Influir en el Presidente es muy difícil para sus colaboradores, pero la debilidad que lo hace susceptible a manipulación es su protagonismo, verticalidad y desorden en la organización del instrumento que inventó”.

JET