La rabia y el odio que a diario expresa el presidente mexicano contra sus críticos ya es una epidemia.

Se contagia tan rápido como cualquiera de los virus de hoy y, sobre todo, dibuja de cuerpo completo y en su desnudez total la intolerancia y la incultura democrática de los lacayos presidenciales.

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 Y es que el odio y la rabia contra los críticos de la dictadura “lopista” alcanza a no pocos  militantes de Morena, a fanáticos presidenciales y, sobre todo a secretarios de Estado, gobernadores, legisladores y, en especial, a los matarifes de periodistas.

Y el caso más reciente –y acaso más vergonzoso–, es el de la diputada de Morena, Carmen Patricia Armendáriz, antaño priista de hueso colorado y hogaño “lopista” a extremos lacayunos.

 Y es que en su más reciente intervención en la tribuna de San Lázaro –en una perorata que confirma el nivel rupestre de la incoherencia retórica de la legisladora–, la señora Armendáriz confesó haber atestiguado y participado de “moches” en la reestructuración de las deudas municipales en los gobiernos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Así lo dijo de manera textual cuando explicó desde la tribuna de la Cámara de Diputados la forma en que se reestructuraban los créditos de los municipios: “Ese es el mínimo si eras decente, pero como eras el gran reestructurador de reestructuradores, pues el pago en efectivo, mis comisiones eran en efectivo, llenaba yo mis cajones y los mandaba yo a Suiza.

“Además, en el peor de los casos era –si me das a mi tu reestructura te va un moche–, entonces era en el mejor de los casos si hay una persona decente te cobraba yo mis honorarios inmensos porque sólo yo sabía reestructurar y porque además me mandaba el presidente en turno y en el peor de los casos te volvía yo un corrupto presidente”. (Fin del la cita)

Pero la confesión anterior resulta el menor problema de la legisladora.

Y es que horas después de su disparatada argumentación se convirtió en tendencia en redes sociales ya que, de propia voz y en primera persona del singular, la diputada no sólo reconocía un delito, sino que aceptó haber atestiguado una cadena delincuencial orquestada desde su empleo federal, sin que en su momento se haya atrevido a la denuncia respectiva. 

En efecto, otro caso de amnesia selectiva al mejor estilo de los  pillos y sátrapas del gobierno de López Obrador.

 En pocas palabras, asistimos a una película idéntica a la que recientemente dedicó a los mexicanos el estulto presidente de la Suprema Corte, el Ministro Arturo Zaldívar, quien 13 años después, recordó que habría sido presionado por el gobierno de Calderón en el caso de la Guardería ABC; recuerdo que por cierto no sólo resultó falso sino fallido.

Pero lo más preocupante del escándalo de la locuaz diputada Patricia Armendáriz es que a causa de su filia lacayuna llegó al clímax de la estulticia cuando en respuesta a las críticas que la apalearon en redes –por confesar sus raterías–, respondió amenazante a no pocos periodistas que la exhibieron.

La cínica, ladrona y delincuente legisladora amenazó con presentar al pleno de San Lázaro una iniciativa que “persiga a quien pretenda dañar la moral de cualquier ciudadano sin fundamento”.

Así lo escribió en su cuenta del pajaron azul, en tono amenazante a quien la cuestionó: “Voy a pasar una ley que persiga a quien pretenda dañar la moral de cualquier ciudadano sin fundamento. Denúncieme por lo pronto mentirosa. Te veo en tribunales”.

¿Habrá entendido la diputada de Morena la torpeza que escribió?

Es decir, que la rabia y el odio que a diario escupe desde Palacio el dictador mexicano, ya contaminó a legisladoras como la diputada Armendáriz, a quien claramente ya no le importa hacer el ridículo, con tal de congraciarse con su amo, el presidente.

¿Imaginan una demanda contra “quien pretenda dañar la moral de cualquier ciudadano sin fundamento”? O dicho en sentido contrario: ¿Habrá quien con fundamento pretenda dañar la moral de cualquier ciudadano?

Lo cierto es que la ladrona señora Armendáriz –ladrona por propia confesión–, no entiende el papel de los medios de información en democracia y menos la función de la crítica en la contención de los excesos del poder.

Tampoco entiende que, en tanto servidora pública –empleada de los mandantes, que son los ciudadanos–, tiene una responsabilidad fundamental con la transparencia de todo aquello que dice, propone y hace.

En pocas palabras, la señora Armendáriz no entiende y parece que no entenderá que, en tanto diputada federal, no es más que empleada de los ciudadanos que le entregaron el mandato para cumplir la encomienda otorgada por los mandantes.

No entiende que se debe a los ciudadanos, quienes le pagan y cuyo mandato constitucional debe cumplir.

Lo cierto es que la amenaza de la diputada Armendáriz a sus críticos no es más que el retrato del retrete en el que viven los lacayos del presidente Obrador.

    Se los dije.