En política la práctica del yoismo no siempre es aceptable. Muestra a un sujeto narcisista, ególatra, egocéntrico, un solipsista solitario. Termina por cansar, aburrir y cambiar el formato del monólogo por un diálogo.

Dice el enunciado-logo-escudo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: to zoon politikon, que el hombre es un animal político. Una expresión aristotélica que caracteriza lo individual en lo grupal o social.

El animal político conjuga el ser de y para la política, para lo social. La vida en común del sujeto. Nos muestra de qué está hecho el individuo, cómo es y no cómo quisiéramos que fuera. Posee una alta dosis de naturalismo y de realismo.

La tesis del animal político genera una relación importante, mientras más animal menos político y mientras más politicidad menos animalidad.

La ruptura que genera Maquiavelo con respecto al pensamiento clásico de la antigüedad, coloca el peso en la unidad articulada del Estado.

En el modelo de la República caben el gobernante y el gobernado, con sus pesos y contrapesos, con sus triunfos y derrotas, en esa dialéctica del poder y la dominación cotidiana que se revitaliza y no sucumbe ante un dominio sin sustento.

En la segunda gran ruptura, en donde el poder weberiano deja de ser un fin para devenir un medio legítimo de uso de la violencia, surge la dimensión de vivir para la política o de la política, del político profesional que domina sus demonios y lo encierra en la jaula burocrática moderna, en donde la oscura y larga noche de un poder racional que deviene irracional.
Así es como brota el suspiro de la vocación para la política, que demanda prudencia, mesura, responsabilidad, compromiso, para poder entender la fuerza de la debilidad, el valor de uno y del peso de la conciencia ante cualquier ejercicio del poder.

Cuánto hemos avanzado en este diálogo continuo que es la historia del pensamiento político y social, cuánto hemos querido suprimir en un afán de egocentrismo que el poder provoca.
Subirse al ladrillo de la política mexicana demanda de la prudencia y racionalidad del fin-medio de Aristóteles; de una gran dosis de realismo maquiaveliano y, desde luego de una vocación para la política, con su modernidad democrática, su pluralidad contrastante que aleja toda autocracia.

Cualquier estudioso de ciencias políticas y sociales entiende esto y, así, es como los monólogos se van al sótano de las antigüedades, mientras se coloca en el centro de la plaza pública el diálogo crítico y abierto, en los medios de comunicación, en las redes sociales y en todo lugar donde se respire el espíritu de la República.

El sentido de la política hoy es evitar los monólogos del pensamiento único y sustentar un diálogo crítico, abierto y plural, de todo y con todos.