En esta época del año solemos usar disfraces y máscaras. No es ninguna novedad. Halloween es una festividad con raíces celtas en las que la gente creía que las máscaras los protegerían de los espíritus malignos que deambulaban en esos días.

Con la idea de burlarnos de la muerte, algo similar sucede con el día de muertos, cuando nos vestimos y maquillamos como Catrinas.

No son las únicas fechas en las que usamos máscaras o disfraces. De hecho, las usamos todos los días. Disfraces como anteojos obscuros en el metro o audífonos que parecen ser una extensión del cuerpo. Sonrisas falsas. Hay quienes necesitan usar ropa de marca no para cubrir su cuerpo, sino sus inseguridades. Esas etiquetas sobre su ropa, dan la sensación de ser “alguien”.

Muchas veces las máscaras son productos del miedo: si nos sentimos inseguros, nos ponemos la máscara de presumidos y presumimos a nuestros “contactos”. Otras veces la inseguridad nos obliga a ponerlos la máscara de buleadores, y nos volvemos agresivos.

Si sentimos que el mundo no nos ama, usamos la máscara del enojo. Nada nos parece bien, todo causa molestia o es motivo de queja.

Generalmente cambiamos las máscaras ante diferentes personas: quizá usaremos la máscara de “soy tan buena” frente a nuestro jefe y la máscara de “déspotas” ante nuestros subalternos.

En redes sociales como Instagram o Facebook nos lucimos con las máscaras y disfraces: ahí nuestras vidas parecen ser perfectas, no hay fotos de personas en momentos absurdos, ni casas desordenadas. Tampoco hay fotos en las que el protagonista salga mal o en un mal momento. Nos gusta mostrar el lado “luminoso” de nuestra vida.

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En Twitter, sucede lo opuesto. Bajo el disfraz del anonimato, hay quienes le dan rienda a sus más bajos instintos y sacan lo peor de sí mismos. Pueden atacar y decir las más grandes bajezas, criticar o insultar a alguien a quien nunca tendrían el valor de hacerlo si se lo toparan frente a frente.

¿Por qué necesitamos esas máscaras y disfraces? ¿Por qué nos aterra la idea de que nos vean tal cual somos: vulnerables, con defectos y problemas?

La respuesta es sencilla: creemos que necesitamos estas máscaras para ser aceptados, pensamos que no hay manera de que nos acepten o amen si pudieran vernos tal cual somos. Sin ese disfraz de perfección, simpatía o amabilidad, estamos seguros de que seríamos rechazados.

El problema es que al usar mascaras, corremos el riesgo de olvidar quienes somos en realidad. El deseo de agradar es tan grande que nos lleva a traicionar lo que realmente pensamos. Vivir una vida de mentiras resulta agotador.

Tratar de quedar bien y mantener las apariencias de que tenemos un matrimonio feliz, una cierta posición económica o social, que nuestra vida es de tal o cual manera, consume demasiada energía. Paradójicamente, mientas nos esforzamos en ser quien no somos, perdemos de vista que no hay nada más atractivo en una persona que su autenticidad.

Admiramos a quienes se atreven a ser quienes son en realidad, a decir lo que piensan, aunque no sea políticamente correcto y ser ellos mismos.

Por otra parte, al usar máscaras no permitimos que los demás nos conozcan y nos aprecien por lo que en realidad somos, que es lo que en el fondo deseamos. Sí. Se requiere valor y autoestima para deshacernos de esas máscaras, sin duda. El primer paso comienza por uno mismo.

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Debemos reconocer que a nadie le gustan las copias o imitaciones y que es mejor trabajar en ser las mejores versiones de nosotros mismos, que malas imitaciones de otros. Aprender a conocernos y amarnos es quizá el viaje más fructífero e interesante que podemos realizar.

Ya lo dijo Oscar Wilde: “Amarse a sí mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida”. ¿Qué esperamos?

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