El país está desquebrajándose por las traiciones de un presidente que llegó al poder gracias a su persistencia. Sí, el presidente de la república es un hombre que dedicó su vida entera para llegar a la presidencia de México. López Obrador comenzó su vida política en el PRI, a los 23 años de edad. Compitió dos veces para la gubernatura de Tabasco. Perdió. Alegó fraude. Traicionó al PRI y se cambió al PRD. Hizo trampa y logró ser candidato a la jefatura de Gobierno. Ganó. Se separó del cargo para irse de candidato presidencial. Perdió. Hizo berrinche, volvió a alegar que fue fraude y organizó en el D.F., un plantón de 47 días. El plantón, como consecuencia, dejó muertos, heridos, negocios quebrados, familias destruidas y una sociedad dividida. Volvió a competir por la presidencia de la república. Perdió. Volvió a decir que había sido fraude y todo el sexenio se la pasó desestabilizando con insultos, marchas, plantones, cierres carreteros, ataques al Ejército y tomas de casetas, por escribir lo menos. Creó su partido político llamado Morena, lo registró en 2014 y a los 64 años de edad, ya cansado, enojado, frustrado y con ideas arcaicas compitió por tercera vez y ganó.

Muchas personas consideran este tipo de perseverancia como una cualidad admirable, pero está lejos de serlo. Cuando la insistencia por lograr un objetivo personal o colectivo daña a otras personas, entonces ya no es una cualidad, es un defecto.

El primer mandatario logró su sueño de vida, sí, pero a costa de muchísima gente. Personas que lo han apoyado se han visto traicionadas y humilladas por él. La última muestra de su vileza, porque no puede llamarse de otra forma, es la manera tan caritativa que se ha portado con los migrantes centroamericanos. No es que sea malo ser caritativo, pero sí es una bajeza que a sus connacionales les dé la espalda, los sobaje y los deje «a la buena de Dios», mientras que a los migrantes les regale dinero de los contribuyentes, el cual estaba destinado a todos los programas sociales y a la seguridad del país, pero que ahora será para los extranjeros ingratos que tiran la comida que se les regala, que insultan a los paisanos, que asaltan y golpean a nuestros compatriotas y que han, incluso, quemado nuestro lábaro patrio.

Para ellos, solo hay flores por parte del presidente de la república, y para muestra, está lo que dijo en su conferencia: «El DIF nacional en coordinación con los DIF de los estados, se van a dedicar a atender a los niños migrantes. Esa es la instrucción que han recibido, tanto en la frontera norte como en la frontera sur y si es necesario, los abrazamos y los protegemos y los hacemos mexicanos».

¿Y los niños mexicanos? ¿El jefe del Ejecutivo no ha visto a los pequeños que son explotados para pedir limosna? ¿No le ha invitado una rebanada de pastel y un chocolate a un vendedor de chicles? ¿No ha visto cómo duermen, rendidos de cansancio, sobre cajas de cartón o en huacales? ¿No se le parte el alma cuando ve a un niño, con sus manitas sucias, estudiando sobre la banqueta y junto a él su palo de madera con chicharrones para vender? ¿Nunca ha hervido de rabia al pensar que deberían estar dormiditos en sus camas, protegidos, calientitos y sin hambre? ¿A ellos no los abraza? ¿A ellos no los protege?

No, por supuesto que a ellos no los abraza ni los protege, porque sus padres ya votaron por Morena y ya no los necesita más que para la foto. A ellos no los cuida ni les sonríe. Ellos que se pudran, que se mueran, que se pierdan de su vista.

El presidente ha demostrado, desde que asumió el cargo, que luchó por obtenerlo solamente para vengarse de todo el país. No fue perseverancia, fue ánimo de ofender.

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