El Tirano de Macuspana sigue sin entender el alcance de las fuerzas armadas en países como México, donde la democracia es frágil y debe apuntalarse todos los días.

Simplemente, López Obrador no sabe qué hacer con las fuerzas armadas, y esto es muy peligroso para la sociedad mexicana. Nosotros no debemos olvidar que las bayonetas sirven lo mismo para defender a la nación ante invasores y delincuentes de gran calado, que para dar golpes de Estado e imponer dictaduras militares.

No lo debemos olvidar. En América Latina pululan ejemplos al respecto. Por eso es muy importante lo que hace, o deja de hacer, un presidente civil con las fuerzas armadas.

En México, por mandato constitucional, el Presidente de la República es el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas: tiene bajo su mando al Ejército, a la Fuerza Aérea y a la Marina. Dar malas instrucciones en cuanto a la conducción de estos cuerpos uniformados y armados, puede representar un costo muy alto para las propias fuerzas armadas, para la Presidencia de la República y para toda la sociedad mexicana en su conjunto.

La conducción de las fuerzas armadas es un asunto muy delicado, porque cualquier error que quede exhibido menoscaba la autoridad de la última instancia del orden público en cualquier país democrático o en proceso de democratización.

Por ello debe resultarnos muy preocupante la pésima conducción del Ejército que está llevando a cabo Andrés Manuel López Obrador.

Con López Obrador, el Ejército ha sido humillado como nunca antes se había visto en la historia del México postrevolucionario. Su propio “Comandante Supremo”, o sea, López Obrador, lo ha hecho tropezar varias veces, y en público, manchando al Ejército con la vergüenza, el deshonor y el escarnio.

Montado en su idea guajira de que “nunca más se utilizará al Ejército para reprimir al pueblo”, lo que López Obrador realmente ha conseguido es desnaturalizar una función elemental del Estado Moderno: el uso legítimo de la fuerza para mantener el orden público.

Con base en la directriz estúpida de López Obrador, el Ejército ha quedado atado de pies y manos y a expensas de la delincuencia de todo tipo, al grado de quedar como simple espectador de la tragedia (como en Tlahuelilpan, Hidalgo) o de tener que canjear armas por soldados ante el crimen organizado (como en La Huacana, Michoacán).

Y ni qué decir de la más reciente humillación sufrida por el Ejército en Culiacán, Sinaloa, cuando los soldados tuvieron que soltar a Ovidio Guzmán López, hijo de “El Chapo” Guzmán, porque el Cártel de Sinaloa desplegó un operativo de reacción y estrangulamiento urbano que dejó en jaque a los militares.

Demasiada humillación han recibido las fuerzas armadas, especialmente el Ejército Mexicano, bajo el mando del inepto “pacifista” Andrés Manuel López Obrador, quien sigue esperando que el crimen organizado experimente una conversión evangélica en masa hasta abandonar sus jugosos negocios ilícitos.

Sólo esperemos que la estulticia del Presidente López Obrador no lleve al Ejército a tomar medidas drásticas y costosas, como sucedió en el Chile de Salvador Allende.

Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine

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