Los casos de Miguel Barbosa y Jaime Bonilla sirven para ejemplificar la forma en que Morena opera política y electoralmente.

Ninguno de estos personajes tiene una identificación plena con lo que Andrés Manuel López Obrador y Morena dicen ser, al menos en el discurso. Por el contrario, ambos expresaron en su momento –directa o indirectamente– posturas contrarias al proyecto obradorista.

Y sin embargo, los dos obtuvieron sus candidaturas y ganaron elecciones bajo las siglas de Morena. ¿Por qué?

Repasemos sus historias.

Hace exactamente cuatro años, en 2015, Miguel Barbosa calificó a Morena como una «izquierda dogmática». En aquel momento, el poblano era coordinador de la bancada del PRD en el Senado, y ante la derrota de su partido en las elecciones intermedias acusó a López Obrador de «dividir a la izquierda».

Más aún, Barbosa aseguró que Morena no contaba con estructura para hacer elecciones fuera de la Ciudad de México; calificó a AMLO como «soberbio»; y dijo que al tabasqueño «nadie le va a rogar».

Por su parte, Jaime Bonilla es un empresario bajacaliforniano que también cuenta con nacionalidad estadounidense. Incursionó en la política en el vecino del norte a través del Partido Republicano, que en Estados Unidos –donde el espectro político va del neoliberalismo al neoliberalismo radical– se ubica más a la derecha ideológicamente hablando.

¿Cómo es entonces que pese a esos antecedente Morena postuló a Barbosa y Bonilla?

En efecto, como advirtió Barbosa desde 2015, en la gran mayoría de los estados el partido de López Obrador no cuenta con una estructura más allá de la que arrebató al PRD, que de por sí siempre tuvo una presencia marginal fuera del Valle de México. El arrastre nacional de Morena se debe única y exclusivamente a la figura del propio AMLO.

Para resolver esa falencia, el partido tuvo que recurrir a dos estrategias en varias entidades: a) Postular a desertores de otros partidos como el PRI, el PAN o el PRD, que al abandonar sus institutos de origen se llevaron consigo a algunos cuadros; o b) Postular a empresarios que financiaron al partido.

El primero es el caso de Barbosa, quien saltó a Morena en 2018 ante la inminencia del triunfo de AMLO en la elección presidencial. Con el paso del experredista a las filas del obradorismo, Morena traicionó al académico Enrique Cárdenas, a quien AMLO le había prometido la candidatura como “ciudadano simpatizante”.

Recordemos que Barbosa perdió la elección por la gubernatura de Puebla en 2018 ante la panista Martha Erika Alonso. Sin embargo, tras el fallecimiento de esta última, Barbosa pudo volver a competir no sin antes protagonizar una polémica contienda interna con el senador Alejandro Armenta, un expriista que también saltó a Morena apenas en 2018.

El hecho de que en 2019 Barbosa se haya hecho de nuevo con la candidatura obedece a que Armenta era impulsado por Ricardo Monreal, con quien la actual presidenta del partido, Yeidckol Polevnsky mantiene una disputa por el control de la dirigencia. Yeidckol prefirió apoyar a Barbosa que cederle un espacio de poder al grupo monrealista.

Mientras tanto, en el caso de Bonilla, queda claro que su evolución dentro de la estructura del partido se debe a las aportaciones financieras del empresario. AMLO primero lo hizo dirigente de Morena en Baja California en 2015; luego lo convirtió en superdelegado del gobierno federal en 2018, y en 2019 le dio la candidatura al gobierno estatal.

En este contexto, la ventaja para Morena es que puede seguir ganando elecciones locales sin importar a quien postule, todo gracias al capital político y simbólico de AMLO.

Habrá que ver cuánto dura ese capital político y simbólico, sobre todo mientras el gobierno obradorista enfrenta presiones por crisis como la de seguridad, la del sector salud o presiones económicas provenientes de Estados Unidos.