Parece que por primera vez tiene razón la jefa de gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheimbaun.

 ¿Por qué?

Porque sin duda que todo ejercicio de gobierno es una provocación; sin duda que toda expresión social –sea un concierto, una verbena, una protesta callejera, el vandalismo, la violencia casual o el crimen organizado–, es una provocación.

Y precisamente frente a la provocación de gobernar, de actuar como una estadista, la señora Sheimbaun confirmó lo que aquí hemos dicho desde el primer día de su gestión; que Claudia no cuenta con las capacidades elementales para el cargo.

 Y es que en casi ocho meses, la señora Claudia no ha sido capaz de resolver uno solo de los conflictos y escándalos mediáticos que se le han presentado; desde la creciente violencia, el crimen de estudiantes la presencia impune de matarifes de las mafias globales y, mucho menos, la violencia y violación de mujeres por parte de la policía.

Pero la gota que derramó el vaso la vimos el pasado viernes, cuando la autoridad capitalina desapareció ante una manifestación callejera que era de mujeres agraviadas y que terminó como una muestra ejemplar de las torpezas e incapacidades de la señora Sheimbaun, además la ingobernabilidad que padecemos todos los capitalinos, no sólo las mujeres.

La ingobernabilidad, como saben, es la ausencia de gobierno ante todo conflicto social, político, económico o criminal.

Pero lo que vimos el viernes en las principales calles de la capital –una marcha ejemplar y legítima de mujeres agraviadas y grupos radicales pagados para provocar violencia y vandalismo–, no es más que el resultado de la incapacidad, la torpeza y hasta la estupidez de la jefa de gobierno.

Y es que cuando un conflicto social se desborda al nivel de una manifestación callejera, es porque uno o los tres órdenes de gobierno –municipal, estatal y federal–, no cumplieron su obligación en tiempo y forma y, por eso, el conflicto se desbordó.

El detonante de la movilización, como saben, fue la reiterada denuncia de violación sexual a mujeres, por parte de policías de Ciudad de México.

En su soberbia típica –soberbia hermana de la estupidez–, la jefa de gobierno no atendió el asunto. Menos lo hicieron los alcaldes de Morena y, por supuesto, mucho menos el presidente Obrador.

Es decir, resulta que ante la queja reiterada de la mitad de la sociedad capitalina –que de las mujeres–, nadie mostró el talante y el talento de escuchar, indagar y resolver, a pesar de que las agraviadas eran mujeres.

Incluso el gobierno de Sheimbaum no supo manejar y menos desactivar una de las denuncias de presunta violación que, al final resultó falsa, según los videos del caso, en tanto que Claudia y su ineficaz gabinete sólo dieron palos de ciego.

Y frente al apetitoso manjar de ingobernabilidad que durante ocho meses ha regalado Claudia a sus adversarios y enemigos, entonces se produjo la tormenta perfecta; la violencia, el vandalismo, el caos y una marcha legítima ensuciada por las peleas sucesorias que ya gravitan en el día a día de los capitalinos.

Y es que queda claro que detrás del vandalismo, del caos, de la rapiña y la destrucción que vimos el viernes último –que dejó como resultado 34 heridos y 16 hospitalizados–, está la temprana lucha sucesoria de 2024, entre una jauría de políticos de Morena que pelean por el favor presidencial y, al mismo tiempo, por descarrilar a Claudia, la preferida de Palacio, a quien López Obrador ya le dijo que “no está sola”.

¡Y si Claudia Sheimbaun no sabe gobernar, debe renunciar!

¡Se los dije, son unos incompetentes!