Seguramente sin darse cuenta –porque está ciego de poder y de odio–, López Obrador ya construye a algunos de quienes pelearán por ser sus más poderosos sucesores.

Peor aún, el presidente mexicano moldes a quienes podrían ser sus sepultureros en el 2024.

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Sí, López Obrador construye la baraja de presidenciales opositores que le podrían arrebatar el poder y que, por tanto, lo podrían llevar a prisión.

¿Y quienes son esos sucesores?

Hasta el momento aparecen tres nombres en una lista que podría ser larga; el gobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, la ex dirigente del PRD y ex jefa de gobierno, Rosario Robles y el poderoso y talentoso empresario, Alonso Ancira.

Los tres han sido víctimas de la enfermiza e ilegal persecusión política de López Obrador y los tres tienen todos los atributos para convertirse, a la vuelta de la esquina –en 2024–, en poderosos presidenciables.

Pero vamos por partes.

Aquí hemos documentado, con datos duros, que López Obrador no es un presidente y menos un estadista.

En realidad Obrador es un niño que juega al poder.

Un niño mentiroso, caprichoso, berrinchudo, vengativo, pelonero, egoista, ególatra, intolerante y mal educado que, a la primera frustración se tira al piso y patealea sediento de venganza.

Y esa pulsión por la venganza lo ha convertido en el político mexicano más predecible y, por tanto, en el menos confiable.

Incluso ha protagonizado brillantes episodios de política que, con el tiempo, terminan en penosas muestras de su incongruencia.

Por ejemplo, luego de las elecciones de 2012 exigió ,en la plaza pública, los más rigurosos estándares de vigilancia y sanción a los gastos de precampaña y campaña electoral.

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Por esa razón se ganó el aplauso general.

Sin embargo, ya como presidente, tales exigencias y tales reglas se emplearon de manera rigurosa contra su partido, su gobierno y sus caprichos.

Y el INE, esa nueva institución que AMLO ayudó a construir, le arrebató a dos candidatos a gobiernos estatales; Féliz Salgado y Raúl Morón.

Otro ejemplo lo vimos años antes, cuando López Obrador derrotó a un rencoroso y vengativo Vicente  Foz, quien pretendió desaforar al entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México.

El desafuero colocó a Obrador como la víctima más evidente de los excesos del poder y le valió un impensable bono a favor de la candidatura presidencial permanente.

Hoy, sediento de venganza y delirante de poder, López Obrador no sólo persigue a supuetos adversarios sino que construye a quines serán los sepultureros de su proyecto y de de su ambición de poder sin límite.

Rosario Robles, por ejemplo, es el emblema de la persegusión machista de López Obrador contra las mujeres. 

Y tarde o temprano Rosario será liberada porque es víctima de una demencial e ilegal persecusión del poder. Y entonces será el estandarte de milones de mujeres en la lucha contra el poder marchista que encarna López Obrador.

Alonso Ancira es un poderoso empresarios que fue humillado, difamado, calumniado y encarcelado a causa de las pulsiones vengativas y de resentimiento social de AMLO.

Y tiene todo para convertirse en el moderno “Maquío Clouthier”, aquel empresario que se metió a la política y puso su fortuna al servicio del combate a la simulación política de los populistas como López Portillo.

Hoy Ancira puede ser el principal perseguidor de otro farsante de apellido López.

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Y Francisco García Cabeza de Vaca, aún gobernador de Tamaulipas, es la víctima política perfecta de un dictador como Obrador.

Al ser perseguido por el vengativo presidente mexicano, al ser desaforado por orden presidencial –mediante “chicanadas” políticas y argumentos “leguleyos” sin valor alguno–, Cabeza de Vaca ya es epítome del opositor y gobernante perseguido por pesar diferente; por cuestiuonar al poder autoritrio y de un solo hombre.

Y por ello, Cabeza de Vaca ya aparece como el candidato presidencial perfecto.

En efecto, López Obrador está cavando su propia tumba política y está preparando a sus sepultureros.

¿Lo dudan?

Se los dije.