El presidente Andrés Manuel López Obrador sigue con su locura de pretender que el Banco del Bienestar se convierta en una institución que compita con los grandes bancos privados, al grado de que maneje la nómina de los empleados públicos y los recursos de los programas sociales.

El problema es que en realidad se trata de un banco patito que no cuenta ni con la infraestructura, ni con la capacidad de operación, ni con el capital para funcionar adecuadamente como banca de primer piso.

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Para manejar la nómina de un millón 493 mil trabajadores, que son los empleados del gobierno federal, el Banco del Bienestar necesitaría tener miles de sucursales diseminadas en todos los municipios del país, algo que se ve imposible de lograr en el corto plazo.

También requerirá de contratar personal especializado para poder operar todas esas sucursales y prestar el servicio a ese millón y medio de personas de la burocracia nacional, sin contar lo relacionado con los programas sociales.

Pero el banco de la “4-T” no tiene recursos para contratar personal, pues opera con números rojos. Tiene una cartera vencida del 124 por ciento y un Indice de Morosidad del 7.52 por ciento, cuando el promedio de la banca comercial, con la que pretende competir, es del 2.45 por ciento.

La operación del Banco del Bienestar dependerá de que se le inyecten importantes cantidades de recursos públicos año con año para que pueda operar, pues es incapaz de generar recursos por sí mismo, como hacen todos los bancos.

El Banco del Bienestar es un capricho más del presidente López Obrador; un elefante blanco que dejará como herencia para que sea financiado inútilmente por varias generaciones de mexicanos.

JC