Ayer iniciamos una serie de reflexiones en torno al primer recuento de daños del Presidente López Obrador, y ahora continuamos.

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El tema de las “grandes obras” marcará de por vida la pésima gestión de López Obrador: la cancelación del aeropuerto de Texcoco y la construcción de la Refinería de Dos Bocas encabezan la lista.

Con un avance de cerca del 33%, la gestión de López Obrador decidió cancelar el muy promisorio aeropuerto de Texcoco. Primero se adujo corrupción, pero nunca se demostró. Luego se dijo que se trataba de errores técnicos, que realmente eran retos de ingeniería bajo control dentro de parámetros internacionales. Y, finalmente, que se trataba de un “jugoso negocio” para empresarios “cachuchones” a costillas del erario público, del “pueblo bueno”.

La verdad es que la cancelación del aeropuerto de Texcoco, una de las obras más transparentes de la historia de México, sólo fue un patético capricho presidencial, la rabieta de un anciano senil que quiso demostrar su poder a propios y extraños.

Si se trataba de proteger en serio al erario público, una mente sensata hubiera optado por la concesión del aeropuerto a los particulares ya involucrados, tal como operan muchos aeropuertos de México y del mundo. Seguro que los particulares hubieran aceptado de inmediato.

Pero por la insensatez de López Obrador, el erario público se verá mermado por los pagos a realizar por la cancelación de Texcoco, y por la irracional construcción del aeropuerto de Santa Lucía. AMLO tomó una de las peores decisiones de la historia de México en materia de aeronáutica e infraestructura para el desarrollo.

Por otro lado, resulta una magna estupidez la construcción de la Refinería de Dos Bocas, cuando sabemos: a) que las seis refinerías ya existentes no suelen trabajar ni a media capacidad, y b) que el mundo entero se halla inmerso en un proceso de transición energética, hacia energías limpias y renovables.

López Obrador vive obsesionado con el pasado petrolero de México y, como buen populista, se siente el continuador de la obra de Lázaro Cárdenas. AMLO es un pobre viejito que mira al pasado con nostalgia política.

Y, por suerte, ya se destrabó el problema de los contratos relativos a los gasoductos construidos y operados por particulares; contratos calificados originalmente como “leoninos”, porque el gobierno de AMLO carece de expertise para entender la naturaleza de esos contratos.

Por negligencia, tozudez y desconocimiento, México estaba a punto de enfrentar a grandes transnacionales en tribunales internacionales, con el fracaso asegurado y pérdidas millonarias en dólares.

Por fortuna, alguien hizo bien las cuentas para que se ajustaran los intereses del gobierno con los intereses de las empresas contratistas. ¡Qué bueno, porque el descalabro hubiera sido mayúsculo!

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Y, bueno, López Obrador sigue con la necedad de su trenecito chapultepequero: el Tren Maya. Claro, como AMLO se siente la encarnación de Kukulcán, quiere hacer su viaje centellante sobre rieles colocados en la Península Maya…

Continuaremos mañana…

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