Nadie duda que los políticos de Morena ganaron en una elección legítima y democrática.

Nadie duda que tienen todo el derecho a ejercer el gobierno como les parezca conveniente.

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Sin embargo, también es cierto que tanto el presidente Obrador, como su partido y sus legisladores van por el asalto al poder total, por el control total del Congreso, de los órganos autónomos y por la destrucción de los contrapesos.

En pocas palabras, López Obrador, su partido y sus legisladores preparan uno de los más peligrosos asaltos al poder total; el control absoluto del Congreso de la Unión, lo que rompe con la división de poder constitucional y coloca al Legislativo como subordinado del Ejecutivo.

Es decir, con la mayoría de legisladores que de manera legítima les otorgó el voto ciudadano, el presidente Obrador, su partido, Morena y sus legisladores, pretenden modificar la Ley Orgánica de la Cámara de Diputados para adueñarse –por la mala y por la fuerza–, de la presidencia eterna de la llamada “casa del pueblo”.

¿Para eso fueron votados, para destruir las instituciones democráticas?

¿Cómo se le llama a ese golpe de Estado a la democracia?

En efecto asistimos al paso más cuestionable en dirección a la instauración de una dictadura; acudimos a la misma ruta que siguieron dictadores como Hugo Chávez y Nicolás Maduro; acudimos a la destrucción de las instituciones democráticas básicas, al romper los equilibrios, al acabar con la división de poderes, justo cuando llegó al poder la dizque izquierda mexicana.

Se confirma, de manera llana, que fue mentira que el gobierno de López Obrador respetaría las leyes y las instituciones democráticas; que resultó falso que garantizaría los equilibrios del poder y que respetaría la legalidad.

Se confirma que López Obrador, su partido, sus legisladores y su claque mediática quiere el control total del Congreso y de sus órganos directivos, para llevar al país a una dictadura.

Pero tampoco se trata de una novedad. Muchos hemos advertido, en éste y en muchos otros espacios, del riesgo de la instauración de una dictadura en México, al estilo de Venezuela, Nicaragua y Cuba, de donde provienen los afluentes ideológicos de AMLO.

Durante meses, muchos ingenuos descreyeron las advertencias, otros las ridiculizaron y los más delirantes colaboraron para callar las voces críticas que por meses advertimos sobre la dictadura que viene.

Sin embargo, el pasado domingo, en la sesión de instalación del Congreso y a propósito de la entrega del Primer Informe de gobierno, la senadora priista, Beatriz Paredes, le puso el cascabel al gato.

Le dijo pan al pan y vino al vino.     

Y es que en un histórico discurso llamó la atención de todos los partidos y todos los legisladores para discutir con sensatez, con altura y con razón lo que está en juego en México; la destrucción del país a causa de la violencia o el debate sobre un cambio de régimen.

Pero, sobre todo, la experimentada priista –a la que sus compañeros de partido comisionaron para hablar a nombre del PRI–, recordó el cierre de campaña de López Obrador, del 27 de junio de 2018, en donde López Obrador prometió que en su gobierno “habrá un auténtico Estado de derecho”.

En esa ocasión Obrador citó a Juárez en su arenga de que al margen de la ley nada y por encima del derecho nadie.

También Obrador dijo que en su gobierno “seremos respetuosos de la división de poderes porque no apostamos a la unanimidad ni al pensamiento único; porque estamos empeñados en construir una democracia, no una dictadura”.

Y la senadora Beatriz Paredes arrancó el aplauso general cuando dijo que si el gobierno de AMLO y el partido en el poder “pretenden una restauración autoritaria o una regresión democrática, no lo vamos a permitir; la oposición somos un solo frente, porque somos corresponsables de la defensa de México”.

Nadie en Morena y en Palacio Nacional escuchó a Beatriz Paredes y siguió en marcha el asalto al poder total, por parte del presidente Obrador, de su partido y sus legisladores.

Se los dije; vienen a instaurar una dictadura.