El Nerón de Palacio Nacional simplemente no sabe qué hacer con el problema del narcotráfico. Y los cárteles de la droga están sumamente contentos con la mediocridad, la ineficiencia y las indefiniciones de López Obrador con respecto al mercado de las drogas.

Matanzas y atentados son pruebas de que ha arreciado la disputa por las plazas: cada cártel busca desplazar a los otros, porque el negocio de la droga es un excelente negocio.

“Abrazos, no balazos” fue su frase estúpida en tiempos de campaña; que después, según él, se ha venido aplicando como política pública a lo largo de su gestión, con los pésimos resultados que están a la vista de todos.

Dice que la violencia no se combate con violencia, demostrando su pésima formación académica y su baja estatura como gobernante: no entiende que al Estado le corresponde el uso legítimo de la fuerza frente a las personas y a los grupos que pretenden dañar a la sociedad a través de conductas delictivas. La fuerza del Estado debe aplicarse lo mismo al raterillo de carteras que a los grupos del crimen organizado. El problema, en realidad, es saber aplicarla.

El Tirano de Macuspana no quiere usar la fuerza del Estado porque sabe dos cosas: a) que, frente al narco, cualquier acción de fuerza está perdida de antemano (porque el narco es hijo de Hércules y de la Hidra de Lerna); y b) que, en la lucha contra el narco, siempre hay cientos o miles de “daños colaterales”, y el Ganso Cansado no quiere que le cuelguen tantos muertitos al final de su sexenio (si es que lo acaba, claro).

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Por eso, López Obrador ha preferido hacerse el menso, haciéndole creer a la gente idiota que, con bequitas de 3,600 pesos al mes, los imberbes parásitos de Jóvenes Construyendo Futuro se abstendrán de vincularse con el narco… ¡si supiera que un lugarteniente se gasta esa cantidad en una comida y un capo la da de propina!

El pobre populista cree, y le ha hecho creer a sus oligofrénicos adeptos, que con programas de empleo temporal, precios de garantía, créditos a la palabra, bultos de fertilizantes, siembra de arbolitos y entrega de limosnitas, los “pobres de México” y el “pueblo bueno” se alejarán del muy redituable y prometedor mercado de las drogas que, sobre todo en las zonas más jodidas del país, mantiene vasos comunicantes con otras formas del crimen organizado: huachicoleo, secuestro, cobro de piso, tráfico de personas, tráficos de armas, etc.

Pobre hombre, pobre gobernante y pobre México.

López Obrador sigue con sus sueños guajiros y evangélicos, creyendo que los regaños maternos tienen poder correctivo… ¡cuando a todo el mundo le consta que las mamás de “El Chapo” y “El Marro” son parte fundamental, y grandes beneficiarias, de las organizaciones delictivas de sus hijos!

Pobre bruto. Andrés Manuel es su nombre.

Y, vaya, ni siquiera hay visos de que el Nerón de Palacio Nacional quiera dar uno de los primeros grandes pasos para reducir el potencial destructivo del narcotráfico: LA LEGALIZACIÓN DE TODAS LAS DROGAS.

El ignorante de López Obrador se dice liberal, pero no respeta la libertad de producir, distribuir, vender y consumir drogas.

Como el remedo de monarca absoluto que es, López Obrador cree que el gobierno debe tratar como retrasados mentales a los ciudadanos, al grado de decirles qué consumir y qué no. Lo peor de todo esto, es que millones de mexicanos se dejan tratar como retrasados mentales.

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Así que sigamos presenciado los baños de sangre entre cárteles; baños lúgubres que nadie podrá detener.

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