Para no perder su propio ritmo, el Presidente López Obrador volvió a hacer el ridículo. En su conferencia de prensa del martes 13 de agosto, aprovechando una pregunta sobre la histórica corrupción del sistema aduanero mexicano, el Tirano de Macuspana se aventó una sandez más para su antología personalísima.

Ya sabemos que siempre anda buscando su lucimiento: todos los días quiere presumir “su bondad y su honradez”, y quiere que todo mundo bese su “mano bendita” tras escuchar sus “instructivos sermones evangélicos”.

Estas fueron sus palabras: “Yo tengo que echar mano de instituciones y de servidores públicos honestos, porque eso es lo principal; 99 por ciento es honestidad, uno por ciento es capacidad, porque hay unos que están graduados hasta en el extranjero, como los hijos de El Padrino que los mandaba a estudiar a las universidades del extranjero, saben mucho pero no son honestos”.

Así, como usted lo acaba de leer: para López Obrador no importa que sus colaboradores sean unos pendejotes, siempre y cuando prevalezcan sus “sanas intenciones” y su “alta moralidad”.

¿Es en serio? ¿Un asno como López Obrador dirige al país?

¿Es en serio? ¿30 millones votaron por este zoquete?

Ahora me explico por qué cada día se alimenta más y  más mi natural misantropía.

Cuando se abordan las relaciones entre conocimiento y moralidad, siempre recuerdo aquella reflexión que hacía Bertrand Russell con respecto al papel de los clérigos ante las muchas pestes de la Edad Media: ignorantes de la microbiología, como lo eran, los clérigos azuzaban a sus feligresías para asistir a los templos a fin de rogar a Dios por el fin de las pestes. Obvio, las calurosas aglomeraciones de gente mugrosa resultaban ser idóneos caldos de cultivo para los bichos causantes de las pestes, que se propagaban a sus anchas.

Esto sucede cuando las “buenas intenciones” no van acompañadas por el conocimiento científico: se hace mucho daño, aunque se pretenda hacer el bien.

De la ignorancia no podemos esperar mucho, aunque el ignorante sea un santo.

Y, tratándose de la gestión pública, por supuesto que López Obrador desatina con su estúpida proporción… ¡1% de capacidad, caray!

Pobre hombre: está tan obsesionado con su idiota “cruzada moral” que no alcanza a comprender que una buena administración pública ni siquiera necesitaría “códigos de ética”, ni “cartillas morales”.

En un país que aspire a ser de veras moderno, la administración pública debe funcionar con base en puros trabajadores expertos, puros fregones, puros chingonazos… ¡y una parte esencial de estos expertos debe estar abocada sistemáticamente a detectar y sancionar, a la brevedad, a quienes atenten contra la maquinaría pública, sea burócratas o ciudadanos del montón!

Y para esto, curiosamente y aunque López Obrador se revuelque en su evangelismo, no se necesita ni un gramo de “honestidad”: se necesitan altos niveles de funcionamiento eficiente y eficaz del aparato público, con base en las más avanzadas técnicas y tecnologías al alcance.

Pero esto, claro está, no lo entiende el canoso fanático que todos los días destila un 99% de idiotez a través de sus aburridas y repetitivas mañaneras…

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