Con 90 años cumplidos y ante la elección de su presidente número 55 –en promedio cada dirigente ha permanecido 20 meses en el cargo-, el viejo PRI enfrenta lo que puede ser su última batalla.

Y es que el partido tricolor vivirá no sólo la elección de su nuevo jefe o jefa nacional sino que atraviesa el peor momento de su influencia política –con sólo 12 gobiernos estatales–, y se enfrentará a su pasado, al partido Morena y al dueño del mismo, el presidente Obrador, quienes en los hechos son “el espejo retrovisor” del viejo Revolucionario Institucional.

Es decir, cuando los militantes del PRI acudan a las urnas para elegir a su nuevo presidente o presidenta nacional –este domingo 11 de agosto de 2019–, en realidad enfrentarán el mayor dilema de sus 90 años de vida; votar realmente por el futuro y por un nuevo PRI o aceptar que Morena y López Obrador son la mejor garantía de que sigue vivo el viejo PRI autoritario y nada democrático, de los años 60, 70 y 80 del siglo pasado.

En el fondo, la elección priísta de este domingo servirá para decantar –para separar–, al PRI más atrasado, más reaccionario, populista y autoritario que se refugia en el partido Morena, de un PRI nuevo, moderno, democrático y defensor de las luchas históricas que le dieron vida hace 90 años.

Y si ya definimos qué está en juego en la elección de la nueva jefatura del PRI, vale empezar con las preguntas.

¿Quién será él o la valiente capaz de conducir al PRI a su nueva etapa, rumbo a los primeros cien años como partido político?

¿Tiene el PRI de hoy alguna esperanza de vida, luego que no pocos de los Millennials mexicanos adoran al viejo PRI autoritario, represor, nada democrático y ratero de lo años 60, 70 y 80 del siglo pasado y al que hoy todos conocen como Morena?

¿Existe realmente una mujer priista o un hombre priista capaces de convencer al electorado sobre un PRI nuevo, luego que en las presidenciales de 2018 30 millones de mexicanos dijeron estar enamorados del PRI del siglo pasado, ese PRI hoy motejado como Morena?

Como muchos saben, las peleas intramuros de PRI –o lo que queda de él–, se decantaron especialmente en dos finalistas reales; la ex gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega y el gobernador de Campeche con licencia, Alejandro Moreno, motejado como “Alito”, regionalismo que explica el diminutivo de Alejandro.

Curiosamente veremos una contienda entre dos políticos del PRI nacidos y que conocieron el sabor del poder en el sur-sureste del país y quienes lucharán contra otro priísta de la misma región del país –de Tabasco, la zona más tropical–, y que construyó su nuevo PRI. Nos referimos, claro, a López Obrador, el dueño de Morena y presidente de México.

Pero más allá de las curiosidades regionales, vale destacar las cualidades de los dos contendientes por la dirigencia del PRI.

En primer lugar aparece la ex gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega, una inteligente mujer del poder y la política que lleva años buscando la dirigencia nacional y que, sin embargo, carga un lastre nada positivo para una hoja de servicio de excepción.

Como gobernadora de Yucatán y como priísta su gestión y su activismo han dejado mucho que desear, además de que frente al nuevo presidente de México y jefe de Morena poco o nada hizo para impedir su victoria.

En el otro extremo aparece Alejandro Moreno, el aguerrido gobernador de Campeche, con licencia, quien de manera permanente chocó de manera frontal con López Obrador y a quien en Campeche le hizo la guerra en el tiempo de campaña.

En realidad Alejandro Moreno es el único gobernador que puso en su lugar al entonces candidato López Obrador. Y si bien su postura cambio una vez que Obrador fue presidente –por supervivencia presupuestal elemental–, lo cierto es que se trata de la nueva generación de priístas que prefieren seguir en la trinchera, antes que saltar al bando contrario a la menor insinuación.

Lo cierto es que Alejandro Moreno ha sido el único gobernador y líder del PRI que ha enfrentado a Obrador; el único que ha visto el filón político de ver a Morena y al presidente como “el espejo retrovisor” del PRI y el único que puede llevar al viejo partido a un futuro de estabilidad para los mexicanos, en medio de la tragedia que ha significado el gobierno de López Obrador.

¿Tendrá la militancia del PRI la capacidad de ver al futuro o, como ya ocurrió en Puebla, prefieren seguir viendo al pasado?

Se los dije.